miércoles, 25 de marzo de 2015

Girl, interrupted

Boas!

Véñovos recomendar cousas. Onte cadroume a ver a película Girl, interrupted e pareceume moi interesante. Creo que se presta ao análisis filosófico, dado que conta a experiencia dunha rapaza que ingresa nun centro psiquiátrico tras sufrir un accidente que fai que a xente do seu entorno cuestione a súa saúde mental. Préstase bastante ao debate do que pode ser real, do que conocemos.


Ademais, como película pareceume moi boa e si sodes teatreiros ides disfrutar moito coa interpretación de Angelina Jolie e de Winona Ryder.

Un saúdo!

Alejandra Picón Romero, exBI, letras.

lunes, 16 de marzo de 2015

La explotación de la mentira


En Los comerciantes del engaño, el escritor Antonio Muñoz Molina nos recomienda un documental  Merchans of Doubt. Dirigido por Robert Kenner. EE UU, 2014 que explora la manipulación de la verdad por parte de grandes compañías multinacinales, en el que el trabajo de pseudo-científicos desvían la atención de la ciudadanía sobre los peligros reales que los intereses comerciales de industria y de los distintos gobiernos nacionales quieren ocultar
La manera más segura de no ver algo es empeñarse en no verlo. Ojos que no ven, corazón que no siente. De toda la variedad de las capacidades humanas una de las más misteriosas es la de negar la evidencia, la de cerrar los ojos a lo irrefutable, o incluso mantenerlos abiertos sin aceptarlo. “Caminamos guiados por la fe y no por nuestros ojos”, dice con orgullo san Pablo. Parece que no mirando las cosas se logra que no existan, o que si se aprietan un rato los párpados con fuerza suficiente lo que da miedo o incomoda habrá desaparecido cuando vuelvan a abrirse.
A los aficionados a la divulgación científica nos gusta enterarnos de cómo se descubrieron leyes de la naturaleza o se comprendieron enigmas que habían permanecido insolubles durante siglos; pero una historia igual de aleccionadora sería la de todos los descubrimientos que hubieran podido hacerse y no se hicieron, todas las cosas evidentes que estaban a la vista y no se llegaron a ver. Aristóteles sostenía que las mujeres tienen menos dientes que los hombres. Con solo pedirle a una que abriera la boca habría corregido su error, si bien al precio incómodo de contradecir su teoría sobre la inferioridad de las mujeres, tan evidente para él como la de los esclavos.
El cirujano suizo Ignaz Semmelweis observó, hacia 1840, que si se lavaba las manos antes de atender un parto era menos probable que la nueva madre muriera de fiebres puerperales. En su hospital los médicos hacían autopsias y después atendían a partos, y entre una tarea y otra conservaban la misma ropa formal y desde luego no se lavaban las manos. Lavarse las manos parecía cosa de criados. Cuando Semmelweis insistió en la conveniencia de esa medida tan poco fatigosa de higiene —a la que había llegado por pura observación empírica, ya que faltaba mucho para que Pasteur identificara la naturaleza microbiana de las infecciones—, sus compañeros ofendidos lo sometieron al boicot y al escarnio, y continuaron asistiendo a mujeres que daban a luz sin lavarse antes las manos. Dudar de la limpieza de un médico, ¿no era tanto como dudar de sus conocimientos, de su mismo honor? Semmelweis murió pobre y desacreditado unos años después.
A no ver lo evidente ayudan mucho la soberbia, la cobardía, la pereza, el instinto gregario. También ayudanesas dos grandes formas de manipulación del siglo XX que se han vuelto más eficaces todavía en el XXI, la propaganda y la publicidad, por separado o juntas. Hay personas predispuestas a no ver la realidad, y hay otras que se dedican profesionalmente a favorecer esa ceguera, o a hacer pasar por hechos de la realidad las invenciones del delirio.
A no ver las cosas y a hacer lo posible para que no se vean ayuda también mucho los beneficios colosales que se pueden obtener gracias a la explotación de la mentira. Durante muchos años las compañías tabaqueras americanas tuvieron la certeza, gracias a sus propias investigaciones internas, de la toxicidad de los cigarrillos. Mucho antes que los ministerios de Sanidad, los laboratorios de las tabaqueras descubrieron el riesgo del cáncer y de las enfermedades coronarias y las propiedades adictivas de la nicotina. Lo descubrieron y lo ocultaron. Y cuando ese conocimiento comenzó a difundirse peligrosamente entre el público, una máquina poderosísima de relaciones públicas se puso en marcha, primero para negar lo evidente, y luego para emprender una maniobra más sutil y todavía más tramposa: extender la idea de que los datos científicos no eran concluyentes, que había dudas y controversias entre los mismos expertos.

Sobre identidades colectivas


Espulgando la prensa este fin de semana, me he encontrado con algunos textos interesantes para dar que pensar en nuestro tema sobre lo que significa “conocer”. Aquí os dejo un ejemplo sobre el área de Historia a la que he añadido algunas jugosas cuestiones de conocimiento para vuestro entrenamiento como epistemólogos.

¿Sobre quién debe escribir la historia, sobre individuos reales o sobre entidades abstractas?
¿Qué papel juegan dichas entidades en la interpretación de los acontecimientos del pasado y nuestra comprensión del presente?
¿Se puede usar la historia como propaganda? Si es así, ¿cómo?

En el nombre de... del historiador José Álvarez Junco.

Clases, naciones, civilizaciones, dioses, pueblan nuestro discurso diario como si fueran reales y tangibles, como si fueran árboles, animales o edificios. Y son meras convenciones, necesarias para la vida social y nuestra comprensión del mundo, pero inaprehensibles como actores en el escenario humano.
“En el nombre de Dios todopoderoso”, comienzan su sermón los ulemas o los obispos. “En representación del proletariado”, dicen —o decían— hablar los partidos comunistas. “Lo que Cataluña pide es”, oímos a cualquier nacionalista; a lo que su contrincante, con no menor desenvoltura, le opone: “España no puede consentir…”. Otros se arrogan la representación de “la gente” o “el pueblo”. Y hay quien propone una “alianza de civilizaciones” y se abraza un dirigente exótico convencido de ser una civilización; a lo que un politólogo conservador opone su pesimista diagnóstico de una “guerra de civilizaciones”, sin explicar cómo dan órdenes y movilizan ejércitos… Cualquiera que oiga una de estas, aparentemente ingenuas, expresiones, debería alarmarse, pulsar de inmediato el botón de las alarmas.
Porque no estamos ya en el mundo mental de los autos sacramentales, unos dramas alegóricos en los que aparecían personajes que encarnaban ideas, como la Fe, el Pecado, la Primavera, el Apetito, la Sabiduría, la Caridad o el Error, y que exponían con nitidez las ventajas o inconvenientes de esas abstracciones. Era una manera sencilla de explicar a una sociedad poco letrada las complejidades teológicas de una religión común a todos. Pero hoy, después de lo que hemos sufrido con guerras religiosas e ideológicas, ¿podemos consentir que alguien hable en nombre de Dios, el proletariado, el islam, Cataluña, España o “la gente”? ¿Quiénes son, dónde están, estos entes? ¿Quién puede presumir de haberlos conocido en persona, de haberse tomado una copa o dado de bofetadas con ellos?
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No quiero entrar aquí en un debate filosófico sobre lo que es una abstracción y sus diferencias con esencias, tipos ideales o universales. Me refiero a una cierta clase de abstracciones: a las identidades colectivas, esos conjuntos sociales a los que los individuos nos adscribimos y que nos etiquetan, diferencian, comparan y discriminan, sea positiva o negativamente. Estos entes pueblan nuestro discurso cotidiano, creemos en ellos, cohesionan nuestra sociedad y nos movilizan contra los que consideramos “nuestros” enemigos. Pero, estrictamente hablando, ni protagonizan la acción política ni explican la causalidad histórica. Esto lo hacen organizaciones o grupos concretos que, eso sí, dicen actuar en nombre de una colectividad o de un programa o mensaje moral.
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Para explicar el pasado o el presente, lo mínimo que debemos exigir a un historiador o un científico social es que su análisis parta de sujetos concretos, inequívocos, de los que pueda documentar reuniones, decisiones y actuaciones. Es decir, que no atribuya la autoría de los hechos a la burguesía o al proletariado, a España o a Cataluña, al islam o al cristianismo, a la gente o la casta, sino al partido o sindicato A o B, al círculo nacionalista X o Z, a la iglesia tal o cual, a esta o aquella corporación financiera, al grupo revolucionario Mano Negra o a la oficina contraterrorista MI5.
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Este no es un llamamiento en favor de un empirismo ingenuo. No estoy diciendo que el análisis político o el relato histórico deban limitarse a registrar datos y hechos. Los datos no bastan para explicar nuestro entorno ni nuestro pasado. Necesitan ser interpretados, para lo que nuestra mente recurre a esquemas mentales, a conceptos abstractos. Pero estos son solo instrumentos analíticos, no realidades. En cuanto a los sujetos colectivos o los conjuntos normativos que pueblan nuestro discurso —clases, naciones, doctrinas, mitos, promesas redentoras—, tienen realidad, en la medida en que creemos en ellos y actuamos movidos por ellos; pero tampoco son los autores o los protagonistas de los acontecimientos. Nuestro análisis, o nuestra explicación del mundo, debe partir siempre de datos verificables: el individuo X se reunió con Y el día tal en el sitio A o B y le hizo esta o aquella propuesta. Que lo hiciera diciendo actuar en nombre de una idea es lo de menos, aunque tampoco debamos despreciarlo, porque quizás ayude a entender por qué fue aceptado o rechazado.

domingo, 15 de marzo de 2015

La televisión también mata.

¿De qué manera influye la televisión en los adolescentes? Y, más en concreto, ¿de qué manera lo hacen las series y películas policiales?

Las series de este tipo son entretenidas e interesantes, y al público le gustan ya que tienen una elevada audiencia. Pero... ¿y si un adolescente con problemas ve una de estas series? ¿Puede influenciarle dándole una idea sobre cómo suicidarse o sobre como asesinar a alguien? 

Es evidente que a todos nos gusta ver la televisión para descansar o pasar un rato de ocio después de un largo día de trabajo o de estudio. Y las series y películas policiales son una opción muy escogida por la audiencia. Pero, ¿de qué manera afectan a los adolescentes?

Un estudio de 2012 afirma que "a los padres les preocupa más el uso que sus hijos hacen de Internet que los programas televisivos que ven". [Podéis ver la noticia en el siguiente link: http://www.teinteresa.es/familia/mayoria-jovenes-television-influya...] Como todos sabemos Internet y las redes sociales son herramientas muy útiles pero que se pueden utilizar de manera que perjudique a uno mismo o a otro. Pero los casos de suicidios por cyberacoso no son los únicos, la televisión influye en las conductas de los adolescentes.

Hay un caso de unas niñas chilenas que quisieron gastar una broma a sus padres y profesores llevando a la realidad un capítulo de una serie mejicana. Para ello entregaron una carta anunciando su decisión de quitarse la vida juntas. Tuvo que intervenir la policía para evitar esto y las niñas declararon que era una broma. [Podéis ver la noticia en el siguiente link: http://www.zocalo.com.mx/imprimir/articulo/143638]

Pero esto no sólo se queda en simples bromas, hay casos reales. He estado indagando un poco por Internet sobre casos de suicidios y asesinatos inducidos por series policiales y además de casos de este tipo aparece alguno inspirado en videojuegos de acción.

Devin Moore le quitó el arma a un oficial para disparar a otros tres y huir en su coche, al estilo del juego GTA. Cuando lo cogieron declaró lo siguiente: "La vida es como un juego, a veces tienes que morir".

Roxana Valdés mató, descuartizó y cocinó los restos de su pareja declarando haberlo hecho inspirada en las series policiales que solía ver.

Numerosos adolescentes, identificados con los personajes de 'Romeo y Julieta' y sus turbulentos amores, terminaron sus vidas suicidándose tras la publicación de la obra de Shakespeare.

Otra serie de jóvenes se pegaron un tiro tras leer la novela "The sorrow of young Werther" en la que el protagonista se quitaba la vida de esta manera. Este fenómeno fue acuñado como 'Efecto Werther'.

[Podéis ver estas noticias en el link: http:/www.psicologia-online.com/ebooks/suicidio/preguntas2.shtml]

Y así podría describiros unos cuantos casos más. Por último solo decir que la conclusión que puedo sacar de este estudio es que la televisión influye mucho en las conductas de los adolescentes y de los jóvenes, así como también de algún adulto.



Sandra Carrera Castaño 1ºBI

miércoles, 11 de marzo de 2015

Que fue antes ¿lo social o lo natural?

Lo natural de un ser humano es aquello que lo hace semejante al resto de animales, lo social por la contra aquello que lo diferencia de ellos. Entonces, ¿la parte social del ser humano surge a partir de la natural?

Desde un punto de vista natural la principal diferencia del ser humano con respecto a los animales es el hecho de estar dotados de racionalidad, esta característica diferenciadora puede ser la principal causa de la condición su seres sociales. Aristóteles define al ser humano como zoón logikón y zoón politikón, es decir como animal racional y como animal social o político. A raíz de esto surge en nosotros, los seres humanos, la necesidad de vivir en sociedad. Dicha sociedad no se opone a la naturaleza sino que es el desarrollo de la misma.

Basándome en lo anteriormente expuesto creo que prima el carácter natural con respecto a lo social, considero que el papel social lo fuimos adquiriendo durante la evolución de nuestros antecesores. Reflexionando sobre esto he llegado a la conclusión de que los antepasados de ser humano actual, al ir optimizando su capacidad de razonar, fueron observando que era mejor para la supervivencia el hecho de convivir en grupos, estos grupos necesitaron una serie de normas para la mejor convivencia y así sucesivamente hasta llegar a formar lo que conocemos hoy como sociedad y de la que dependemos.

                                                                                                          Brais Senín Mouriño



¿la infelicidad del conocimiento?


Una vez que estas en la confortante caverna relajadamente , sin ningún tipo de preocupación es un momento en el que se cree estar feliz y en paz, pero una vez que sales de ella la luz exterior te vislumbra , ya no puedes volver a tu confortante caverna a resguardarte del terrible mundo exterior o por lo menos , al volver ya nada será  lo mismo , veras las cosas con otros ojos, y aunque en la caverna se estaba bien y feliz dentro de la ignorancia del mundo exterior hay una extraña fuerza que te impide volver a la caverna y seguir explorando ese mundo exterior tan complejo y que, aparentemente dentro de tu cueva no lo era. Fuera habrá verdades y hechos que pueden causarte graves problemas y preocupaciones, la verdad puede ser dura pero al fin y al cabo, verdad  y habrá que asumirla por muy duro que sea. Por ello recomiendo una serie de protecciones para cavernícolas y futuros exploradores que aun estén cegados por la luz exterior:
  • Una vez  fuera ya no se podrá regresar o por lo menos ya no será lo mismo
  • Deberás asumir el mundo exterior aunque no sea lo que te esperabas y por muy cruel que sea
  • Habrá un momento en el que tengas “morriña” de tu cueva y querrás volver, pero ya será demasiado tarde, y ese instinto tan natural como el de la curiosidad te hará seguir explorando el mundo exterior
  • Todo lo que anteriormente en la caverna tenias asumido es susceptible de poder ser falso , nunca se demostrara que lo sea , pero tendrás que aceptar que ahora todo puedes ser cuestionado

Este famoso símil de la caverna lo he empleado para representar la experiencia que he tenido ( y también seguro que muchos de mis compañeros)  en lo poco que llevo de este curso de Bachillerato Internacional . He pasado de la ignorancia de la caverna a que me deslumbrase esa luz de la cual aún sigo algo ciego. He pasado del confort, a tener serias preocupaciones y cuestiones tanto filosóficas como de conocimiento y a analizarlas mediante metodología puramente científica si ,el método científico traspasa también el ámbito de la ciencia a algo tan humano como es la filosofía y sobretodo las cuestiones de conocimiento para poder organizar esas ideas y pretender  responderlas sabiendo que nunca se responderán con una verdad absoluta pero por lo menos ofreciendo una posible respuesta al igual otra vez que como en la ciencia.
Ahora acabando el 2º trimestre he aprendido numerosos conocimientos de física, química, matemáticas y he aprendido a enlazarlos y a ver la relación entre ellos con la ayuda de teoría del conocimiento, pero curiosamente y para mi sorpresa también me ha influenciado notablemente las cuestiones filosóficas en cuanto aprendo de las asignaturas científicas y viceversa.
Como conclusión he de decir que estos problemas filosóficos que hemos abordado esta evaluación, me han suscitado numerosas cuestiones y problemas también personales , pero por raro que parezca esto me engancha aún más como si de una droga (la curiosidad)  se tratara a seguir aprendiendo y también asumiendo los problemas que contraen.
El mundo exterior no se adaptará a la talla del cavernícola.


EVOLUCIÓN BIOLÓGICA VS. EVOLUCIÓN CULTURAL

"El Homo sapiens surgió hace al menos cincuenta mil años, y carecemos de la más mínima evidencia de mejora genética alguna desde entonces. Sospecho que el Cromagnon medio, adecuadamente educado, podría haber manejado ordenadores junto connuestros mejores especialistas (si sirve de algo, tenían un cerebro ligeramente mayor que el nuestro). Todo lo que hemos logrado, para bien o para mal, es resultado de la evolución cultural. Y lo hemos logrado a un ritmo inigualado por órdenes enteros de magnitud en toda la historia anterior de la vida. Los geólogos no pueden medir unos cuantos cientos o miles de años en el contexto de la historia de nuestro planeta. Y, aun así, en ese milimicrosegundo hemos transformado la faz de nuestro planeta a través de la influencia de un invento biológico no alterado: la conciencia. De tal vez un centenar de miles de personas armadas de hachas, a más de cuatro mil millones con bombas, cohetes, ciudades, televisiones y ordenadores... y todo esto sin ningún cambio genético sustancial.La evolución cultural ha progresado a un ritmo al que los procesos darwinianos no pueden ni aproximarse. La evolución darwiniana continúa en el Homo sapiens, pero a un ritmo tan lento que prácticamente carece ya de impacto en nuestra historia. Este punto de inflexión en la historia de la Tierra ha sido alcanzado porque, finalmente, se han liberado sobre el planeta procesos lamarckianos. La evolución cultural humana, en marcada oposición a nuestra historia biológica, es de carácter lamarckiano. Lo que aprendemos en una generación lo transmitimos directamente por medio de la enseñanza y la escritura. Los caracteres adquiridos son heredados en la tecnología y la cultura. La evolución lamarckiana es rápida y acumulativa. Explica la diferencia cardinal entre nuestro antiguo mecanismo de cambio, puramente biológico, y nuestra actual enloquecedora aceleración hacia algo nuevo y liberador... o hacia el abismo."
El texto anterior, constituye un fragmento de la recomendable novela El pulgar del panda, del conocido biólogo evolutivo y paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould. En el se plasman y se explican de manera clara dos de los conceptos que hemos estudiado en filosofía este trimestre y que más me han llamado la atención, los conceptos de evolución cultural y biológica. A partir del texto propongo varios interrogantes: si no hemos evolucionado hasta ahora, ¿evolucionaremos a partir de ahora?, ¿pesa más la evolución cultural o la biológica en un ser humano (o las dos por igual)?, ¿estos caracteres que adquirimos cambiaran y variarán a lo largo del tiempo o permanecerán?

Responsables de nuestra autodestrucción

Entre tantos problemas que plantea el desarrollo de nuestra sociedad, siempre encontramos la preocupante y exagerada generación de deshechos. Por mucho que nos esforcemos en reivindicar la importancia del reciclaje, el problema va más allá de nuestras acciones; en cierta manera se nos escapa de las manos. No sólo parece que existe un desconocimiento general sobre el tema, si no que tampoco se conoce el alcance que esto puede llegar a suponer.

Me planteo la siguiente pregunta: ¿estamos dispuestos a cambiar nuestras costumbres para frenar lo que hoy en día constituye un claro ejemplo de destrucción de nuestro entorno? Puede que a nosotros no llegue a afectarnos de forma brutal, pero ¿os imagináis generaciones futuras rodeadas de la basura acumulada durante cientos de años? Pongo este ejemplo, porque constituye uno muy gráfico. Cada vez generamos más y más residuos, en especial plásticos. No hace falta escrutar tu al rededor para encontrar algo compuesto por plástico, y digo plástico porque constituye un residuo inorgánico que tarda miles de años en descomponerse y que se acumula en nuestra tierra y en nuestros mares.

Este desconocimiento del alcance real de nuestra generación de residuos, aparte de ser un problema medioambiental, constituye un problema social. Y nos incumbe a la sociedad, porque una postura de indiferencia ante esta situación puede derivar en nuestra propia autodestrucción. Porque ya es normal vivir rodeados de plásticos; lo encontramos en los envases, en los juguetes, en vehículos, poniendo ejemplos de lo más dispares. Bien, pues esta continua generación de plásticos, nos está conduciendo a una grave situación como es la de qué vamos a hacer con tanto plástico. En España, el 71,9% de la población, según datos de Ecoembes, cumple con la difícil tarea del reciclaje. Y cuando digo difícil, me estoy refiriendo a ello como una actividad que cuesta prácticamente lo mismo que no realizarla. Pero aún así, seguimos generando más plástico del que necesitamos y más se va acumulando a nuestro al rededor.

Enfatizo en el rodeo de desechos, porque probablemente es la situación en la que se van a encontrar nuestras generaciones futuras, de no cambiar nuestro desarrollo a tiempo. De todas formas, hablo como si nuestra intención fuera erradicar ese problema de golpe. No creo que esto sea posible, pero por lo menos reducir esta generación de deshechos lo máximo posible sería un buen principio. Pero como ya he mencionado, constituye un problema social, por lo que somos nosotros los responsables. Son necesarias unas políticas medioambientales adecuadas con las que seamos capaces de detener nuestra autodestrucción, porque al destruir nuestro planeta, nos destruimos a nosotros mismos. Por lo tanto, reformulo ahora la pregunta, ¿hasta que punto estamos dispuestos a cambiar nuestras costumbres para un desarrollo sostenible de nuestro planeta? Porque una evolución supone transformaciones de todo tipo, incluyendo también la eliminación de determinadas cosas, pero no creo que la destrucción de nuestro propio mundo, nuestra autodestrucción, contribuya a algún tipo de desarrollo.

La imagen nos muestra un paisaje desde la isla de basura que existe en el Océano Pacífico, como resultado de una acumulación de residuos arrastrados por las corrientes oceánicas. Para comprender su alcance, la isla es de un tamaño similar al de Francia.

Los anuncios: Para emocionar?

Hace unos días escuchando la radio, me vi sorprendido por un anuncio de lotería que me generó algunas preguntas. En él se mostraba una conversación, que podría ser propia de la vida diaria entre un padre y su hija, terminando este anuncio insinuado que la hija había ganado un premio en la lotería. Al instante en el que lo escuchas te viene a la imaginación que si una persona normal con sus problemas del día a día gana la lotería, por qué no podrías ser tu también agraciado con dicho premio, llegando a tus emociones con el fin de que compres su producto.

Mediante este anuncio pude ver claramente que la base de los anuncios es la emoción, el buscar que la persona que te está escuchando se sienta identificada y vea la necesidad de este producto para su vida cotidiana o como en la lotería, sus posibilidades de consecución de un bien con grandes posibilidades. Este pensamiento provocó en mi ciertas preguntas, puesto que mucha gente dice que lo que caracteriza al hombre es la razón, y sin embargo en el caso de la publicidad esta no es un factor determinante, lo que hace que me pregunte: Es cierto eso de que el humano deja de lado las emociones a la hora de tomar decisiones dejándose llevar tan solo por la razón o no?

Pues bien, yo esa afirmación la respondería con un conciso no. En la publicidad se ve claramente, yo diría que la base de la razón siempre ha de ser una emoción que permita dar lugar a los intereses del hombre y al razonamiento de esos posibles intereses (a la decisión de si estos le son favorables o no) y, por ello, el ser humano no se ha de caracterizar como el ser que deja de lado las emociones y se deja llevar por la razón al completo, si no que en el ser humano se necesita la emoción para que pueda llegar a producirse un hecho propio de razón.

Tras aclarar esto podemos afirmar que los anuncios son un claro ejemplo del poder de las emociones, pues en ellos, generalmente, no se exponen razones por las que debes comprar dicho producto, sino que buscan empatizar con tus emociones con el fin de que les des una oportunidad, ya sea mediante paisajes afines a ti o sentimientos similares a los tuyos.

Tras esto os pregunto: Hasta que punto los anuncios buscan mover tus emociones con el fin de que medites la adquisición de sus productos?

Sinceridad y empatía

   Parece que está de moda enorgullecerse de ser sincero, más coloquialmente conocido como "decir todo a la cara", hasta el punto de acabar considerado como un valor de perfectivilidad humana. El no serlo supone un gran desprecio por parte de un conjunto social amplio, pero existen otros valores o capacidades que poco a poco se ven desapareciendo, pasan desapercibidas y no muchos las echan de menos, como la empatía. Centrándonos en su significado más superficial, pueden ser definidas como:
 
- Sinceridad: es una virtud humana que nos lleva a mostrarnos como somos y decir la verdad en toda ocasión.
- Empatía: es la capacidad cognitiva de percibir, en un contexto común, lo que otro individuo puede sentir, es decir, tener la capacidad de saber ponerse emocionalmente en la situación del otro.

Ante la vida y nuestro entorno, ¿qué debería primar, la sinceridad o la empatía?

   En una sociedad donde cada vez los individuos son más egoístas, donde priman más sus problemas y sus logros que aquellos de los demás, donde su dolor es más dolor que el del vecino, donde sus triunfos son más importantes que los del compañero... se está primando el YO sobre el tú, sobre el él, sobre el ella, sobre el nosotros, sobre el vosotros y sobre el ellos.
   En una primera instancia debido a esto la empatía se ve con grandes dificultades de desarrollo, porque para ser empático debes poner en un mimo nivel tu persona y la de los demás. Ser empático es una capacidad propia de lo humano pues se dice que somos sociales por naturaleza, que nacemos para ayudarnos mutuamente y que si no fuera de ellos no habríamos llegado hasta aquí, pero también se puede desarrollar y potenciar, ¿cómo?
   Saber escuchar pero con mente abierta y sin prejuicios, no haciendo juicios de valor sin tener todos los datos necesarios... Aprendiendo y tratando de enseñar a valorarse a uno mismo y a los demás.

   Una sociedad donde prima la empatía, con digamos una "sinceridad positiva", es una sociedad donde es más fácil convivir y relacionarse. Pero hay que tener en cuenta que ser empático no significa aceptar cualquier actitud irrespetuosa, agresiva, dañina; de igual forma que ser sincero no significa tener que decir todo lo que se piensa acompañado de una falta de educación, principios y tolerancia. 

    Para crear una sociedad mas sana es imprescindible lograr un punto de inflexión en nuestra forma de relacionarnos con los demás, donde se puedan combinar, junto a muchos otros valores y capacidades, la sinceridad y la empatía.

"Tele basura"

   Siempre hay una pregunta en el aire, ¿qué es la tele basura? La respuesta se convierte en las respuestas, tantas como personas preguntes. Siguiendo la de la Wikipedia: la tele basura es el término utilizado para definir una forma de hacer televisión caracterizado por la utilización del morbo, el sensacionalismo y el escándalo como estrategias de atracción de la audiencia.

   ¿Por qué tiene tanta audiencia? ¿Por qué existen este tipo de programas? ¿Cuál es el punto de inflexión, crear tele basura y luego audiencia? ¿O es precisamente la audiencia la que reclama este tipo de programas?

   ¿Y cómo es posible que tengan tantos seguidores si luego preguntando o simplemente comentando hay muy poca gente que admita abiertamente que lo ve?
   Supongo que cada quién tendrá sus razones para consumirlo; desde pasar un rato sin pensar, olvidarte de tus propios problemas, incluso para a veces sentirse uno acompañado... cada quién sus razones tendrá. Pero merece la pena pararse a reflexionar y realizar primero una crítica personal, para luego extenderla a la ampla concepción de la sociedad, sobre hasta qué punto existe presión e incluso discriminación en lo relacionado a lo tratado.

   "Eses programas te vuelven tonto", "es patético que alguien pueda ver algo así" o "¿cómo es posible que siquiera se le haya ocurrido a alguien semejante tontería?", frases del día a día, muchas de ellas provenientes de personas que seguramente nunca hayan siquiera visto el programa del que hablan. Esto sucede debido a la categorización del mismo en una concepción negativa de la tele basura. Y eso no es justo, no es justo poner calificativos de quienes lo disfrutan considerándolos sectores de bajo nivel académico o capacidad intelectual. Porque este tipo de entretenimiento no presenta ningún inconveniente a la hora de compaginarlo con un buen libro, hacer deporte, salir con los amigos, tener una buena conversación y una lista innumerable de realizaciones bien vistas.

   Con esta entrada os pretendo invitar a que reflexionéis los prejuicios que pueda tener la tele basura  y en consecuencia aquellas personas por simplemente formar parte de su audiencia, además de los supuestos motivos que uno utiliza cuando la critica (quizás muchos de vosotros os deis cuenta de la falta de los mismos cuando siempre habéis creído que ahí estaban, que una idea compartida por tanta gente tendría una base racional y meditada). Otro tema muy interesante a tratar es el porqué del gran interés humano por este tipo de entretenimiento, queda en el aire.

 

martes, 10 de marzo de 2015

¿Incorrección política o un concepto equivocado de las razas?

Dos científicos señalan los pros y los contras de “Una herencia incómoda” de Nicholas Wade


La táctica del avestruz Por José Manuel Sánchez Ron
José Manuel Sánchez Ron

El propósito de la ciencia es establecer sistemas con capacidad predictiva, para así “comprender” —un término este que habría que explicar— los fenómenos que se dan en la naturaleza. El objetivo supremo de la ciencia es identificar fenómenos y establecer leyes con validez universal (dejo aquí al margen a las denominadas “ciencias sociales”). Los humanos somos, por supuesto, compatibles con esas leyes (en concreto con las de la biología, química y física), pero en modo alguno un producto necesario de ellas: creo que es seguro que existe vida —agrupaciones de elementos químicos con capacidad de reproducirse— en otros lugares del universo, pero lo que ignoramos es si ha aparecido vida “inteligente” (en el sentido en que lo somos los humanos) en otros enclaves del cosmos, y si lo ha hecho es más que probable que se trate de un fenómeno muy raro. Con semejante conjunto de premisas, debería bastar para aceptar que la ciencia es independiente de los valores que ha producido y defiende esta rara especie terráquea que somos los humanos, aunque sea relevante cuando discutimos sobre ellos. Y entonces, la conclusión debería ser obvia: la ciencia no tiene por qué ser “políticamente correcta” —un valor éste, propio de los humanos—, simplemente debe buscar ser correcta, no importa que pueda descubrir cosas que nos resulten incómodas, incluso repugnantes. La política tiene que ver con la aplicación del conocimiento científico, no con sus contenidos.
Se ha vuelto a hablar de estas cuestiones a raíz de la publicación del libro de divulgación Una herencia incómoda, en el que Nicholas Wade explora si existen factores genéticos que intervienen en las diferencias que aparecen entre las diversas sociedades humanas, lo que significaría de ser cierto que no es posible explicar tales diferencias únicamente a partir de sus “culturas” (necesario para poder siquiera argumentar en tal sentido es que los cambios evolutivos en los humanos no se detuvieran al aparecer nuestra especie, y que hayan continuado actuando a lo largo de la historia de la humanidad, posibilidad que Wade defiende basándose en investigaciones recientes). Al contrario que, parece, algunos, no encuentro en el enfoque del libro de Wade nada objetable; otra cosa es que algunas de las posibilidades menos agradables a nuestros valores que considera sean finalmente ciertas o no. Imaginemos, no obstante, que alguna de ellas resulte ser correcta. ¿Importaría? No, porque lo que está, o debería estar, claro es que nuestros valores, esos que consideramos compasivos y justos, producidos tras un largo camino que nos libró de nuestros instintos más primarios, y que defienden las sociedades democráticas, son superiores y se tienen que imponer a los resultados científicos. Wade lo dice con claridad: “El racismo y la discriminación son censurables por cuestión de principios, no de ciencia. La ciencia trata de lo que es, no de lo que debería ser”. La táctica del avestruz, esconder la cabeza, no querer ver lo que no nos gusta pero existe, no sólo es estúpida, es, a la larga, contraproducente. Personalmente, me siento más honorable y digno, si impongo mis valores éticos (otra cosa es que éstos se compartan por otros) a ciertos resultados científicos, aunque estaría ciego si los ignorase.
José Manuel Sánchez Ron es físico, historiador de la ciencia y académico de la RAE.

Falso concepto de raza, por Jaume Bertranpetit
Jaume Bertranpetit
La reconstrucción de la historia de la humanidad a través del estudio del genoma es una disciplina muy bien establecida. Todos estos estudios representan un reconocimiento de la diferencia genética. Ahora tenemos el privilegio de usar herramientas sofisticadísimas para diseccionar el genoma humano y describir e interpretar las diferencias. Diferencias en todos los ámbitos, entre ellos el geográfico, que permite entender la génesis y composición de las poblaciones humanas. Wade, en su libro, parece que descubra este tipo de estudios y los dé a conocer a la opinión pública, cuando existen ya docenas de libros y centenares de artículos científicos que ya lo han hecho. Y para ello establece como base las tres “razas” humanas. Una precisión: se puede hablar de diversidad genética, de estructuración geográfica y de la diversidad genética humana sin hacer uso del concepto de raza. Y así lo hacemos la gran mayoría de científicos que nos dedicamos a la biología evolutiva. Ya hace décadas que la biología evolutiva dejó la visión tipológica (de “tipos” concretos de referencia) para acercarse a la poblacional y esto ha dado grandes éxitos a los estudios. Volver a reivindicar las tres “razas humanas” es poco más que una provocación de enfant terrible que busca revuelo mediático sin reconocer el difícil encaje entre las bases de la diversidad y las ansias de establecer grupos concretos. Negar el concepto de raza y, sobre todo, reivindicar su inutilidad práctica no significa que se niegue la diversidad genética en los humanos. Existe, se reconoce, se estudia y se interpreta. Pero esto no hace necesario establecer cajitas para clasificar a los humanos ni usar estereotipos para interpretar la complejidad. En torno del 85% de la diversidad genética humana se encuentra dentro de las poblaciones, no entre ellas.
El segundo punto fundamental a discutir en el libro de Wade es su suposición interesada (lo que en inglés llamaríamos wishful thinking)sobre cambios biológicos adaptativos que estarían en la base del comportamiento social humano y que podrían haber tenido gran relevancia en cambios culturales recientes, como la revolución industrial en Europa. Hacer este tipo de suposición es inadmisible con el conocimiento biológico actual. Un tema apasionante que ha surgido recientemente dentro de la biología evolutiva es reconocer en el genoma las huellas de la selección natural y muy especialmente los lugares del genoma que se han seleccionado adaptativamente: desde la pigmentación de la piel, la resistencia a patógenos, la adaptación a la altitud o la huella de la peste negra. Pero la biología actual no ha podido detectar la adaptación en caracteres del comportamiento por desconocimiento de las bases genéticas de estos caracteres. No existen herramientas para ello. Postular que esta selección ha sido importante en la evolución humana es faltar a la evidencia científica, que no la hay.
Será muy interesante poder analizar la selección natural a través de los genomas cuando sepamos qué regiones del genoma son importantes para caracteres complejos, incluyendo el comportamiento. Pero estamos muy lejos de ello. De momento debemos seguir trabajando en lo que la ciencia nos da evidencia, no en lo que nuestra ideología desearía que la ciencia demostrase.

Jaume Bertranpetit, catedrático de Biología, es miembro del Institut de Biologia Evolutiva y director de ICREA. Es uno de los 139 expertos que firmaron en The New York Times contra las tesis de Wade.

Entrevista a Nicholas Wade

Nicholas Wade por Fernando Sancho

El autor de 'Una herencia incómoda' enfada a los científicos al defender la influencia de los genes en el comportamiento. Ciencia y política, dice, son terrenos distintos




PREGUNTA. ¿Es usted racista?
RESPUESTA. No. Ser racista significa creer que una raza, por lo general la tuya, es superior por naturaleza a las demás, y que no hay nada que pueda cambiarlo. Se trata de la idea de que la sangre y los genes marcan la diferencia. Eso es ser racista, y yo no lo soy en absoluto.
P. Sabía que su libro iba a suponerle un enorme quebradero de cabeza. ¿Por qué lo escribió?
R. Sabía que iba a ser controvertido, pero tenía la sensación de que, una vez disipada la controversia, cuando la gente empiece a leerlo atentamente, verá que no dice nada chocante ni sorprendente, que es puro sentido común. Llevo muchos años informando sobre el genoma humano y empecé a darme cuenta de que estaba generando una información increíble relacionada con las razas. Sin embargo, al preguntar a los científicos, apenas pronunciaba la palabra raza, todos se sumían en un silencio sepulcral. Me resultó evidente que era un tema importante sobre el que los académicos e investigadores no estaban diciendo a la gente toda la verdad, lo que me parece mal. Creo que los científicos deberían explicarle a la gente lo que descubren, sea lo que sea.
P. ¿Cómo se siente un periodista científico al ver que 139 genetistas afirman en una carta pública que está equivocado, que su libro es peligroso?
R. Me parece que están traicionando el ethos de la ciencia, que es no dar nunca por sentado lo que se dice, comprobarlo todo. Dijeron que mi libro estaba lleno de errores, pero no citaron ni uno. Si mi trabajo no estuviese en lo cierto, ¿cuántos científicos harían falta para señalar los errores? Solo uno. El libro no tiene errores científicos, así que les pareció necesario sacar a 139. Y no aportaron ninguna prueba. Pero así no funciona la ciencia; así funciona la política. Era una carta política, no científica, así que le presté la atención justa.
La ciencia es el producto de una comunidad de científicos que siempre está criticando el trabajo de los demás”
P. Pero, cuando afirma que esos científicos son de izquierdas, ¿no está colocando el tema precisamente en un plano político?, ¿no es eso lo que usted critica?
R. Lo que digo es que algunos científicos no hablan del tema de la raza en sus artículos, o siempre colocan los datos al final de los trabajos, donde el periodista medio no los encuentra. Así que, efectivamente, están investigando sobre la raza. Sí, creo que la mayor parte es probablemente de izquierdas, de hecho la mayoría de departamentos universitarios lo son, y por ende se muestran empáticos con la postura de que la raza no tiene una base biológica. Aunque no la compartan, siguen defendiendo dicha postura para evitar que el Congreso les corte los fondos. También hay otro motivo, un buen motivo. En las décadas de 1920 y 1930 se produjo un movimiento eugenésico muy potente en EE UU, dirigido por genetistas punteros de Harvard y Stanford. Los científicos actuales cargan con ese peso, saben que tienen ese legado negativo y están resueltos, con razón, a que nunca se repita. Me habría gustado, eso sí, que hubieran leído mi libro atentamente. No creo que lo hayan hecho.
P. Dice usted que su libro pretende mitigar el miedo a hablar de las razas, pero ha provocado miedo a la justificación científica del racismo.
R. Creo que deberíamos comprender el mundo lo mejor posible, y que toda esta información nueva sobre el genoma nos permite entender por primera vez algo sobre la estructura de la variedad genética de los humanos. Siempre es mejor comprender algo que ignorarlo, aunque también era muy consciente de los peligros que usted menciona. Así que intenté escribir el libro para que se viese que el genoma nos habla, en realidad, de lo unificada que está la raza humana. Todos somos variaciones del mismo tema. Hay diferencias entre razas, pero no llegan al nivel individual: como individuos somos prácticamente iguales. De existir alguna diferencia significativa atañe al nivel de nuestras sociedades.
P. Admitamos que hay diferencias genéticas entre las razas. ¿Es tan importante?
R. No en el plano individual. Yo digo que puede importar si supone una diferencia en nuestro comportamiento social.
P. ¿El progreso científico lo justifica todo, aun si descubriésemos algo que los racistas pudieran usar para justificar sus ideas y acciones?
R. Es una de las preguntas centrales de la ciencia. La política general ha sido: no hemos de temer el conocimiento, sino aceptar que, si descubrimos algo peligroso, sabremos afrontarlo. El ejemplo más evidente es la energía atómica: podríamos haber dicho que era demasiado peligrosa, pero en realidad permitió crear las plantas nucleares, que serán muy útiles si el calentamiento de la tierra se convierte en un problema serio. Si echamos la vista atrás, veremos que las armas nucleares no han sido tan malas, habida cuenta de que mantuvieron la paz entre Estados Unidos y la Unión Soviética. De no existir armas nucleares podríamos haber vivido una tercera guerra mundial. Ahí fuimos valientes para reunir ese nuevo conocimiento y darle buen uso.
P. Dice que la ciencia trata sobre lo que es, no sobre lo que debería ser. ¿Es así de fácil? ¿Qué pasa con las consecuencias?
R. Los científicos no son ajenos a la sociedad en la que viven. En la ciencia moderna no se puede hacer nada por uno mismo, se necesita un presupuesto y fondos de los Gobiernos. La ciencia también es un juego intelectual de grupo, el producto de una comunidad de científicos que siempre están criticando el trabajo de los demás y demostrando que no puede probarse. Es un enorme proceso público que los Gobiernos controlan. Creo que esa es una de las razones ocultas tras la carta de los 139 científicos. Los científicos, al menos en EE UU, siempre tienen miedo al Congreso, pues si hacen algo que no le gusta les cortan los fondos.
P. Cuando habla del éxito de Occidente haciendo referencia a la genética de los occidentales, ¿no le parece un argumento para justificar posiciones racistas?
R. Lo que intento decir es que como cada sociedad es ligeramente diferente, en un momento concreto una comunidad puede estar haciéndolo mejor que otra, en el ámbito económico, por ejemplo. Durante la mayor parte de nuestra historia, la china ha sido la civilización líder, y puede que vuelva a serlo, puede que el éxito de Occidente sea temporal. Y no es legítimo que porque un país pueda estar arriba y otro abajo se haga una acusación de racismo.
Hay diferencias entre razas, pero no llegan al nivel individual: como individuos somos prácticamente iguales"
P. En su libro escribe que la medicina occidental es más eficaz, que el arte occidental es más creativo y que las instituciones europeas son más innovadoras. ¿No es eso una afirmación de superioridad? ¿Se puede decir así, sin más?
R. Sí, porque sin duda es así. No es una afirmación racista, sino una mera descripción, una observación. Pero quizá no duren, quizá nuestras sociedades cambien por algún desafío externo, quizá la época de Occidente toque a su fin. No puede decirse que una raza es mejor que otra por naturaleza.
P. ¿Cree que la eugenesia puede volver?
R. Hay dos tipos de eugenesia. La mayoría de la gente la concibe en el sentido negativo de usarla para matar gente. Sin embargo, la eugenesia tuvo en sus orígenes un sentido positivo. Su idea era intentar fomentar los matrimonios entre las personas más inteligentes de la población: eso es la eugenesia positiva. Quizá no fuese una idea muy afortunada, pero veamos los avances de la eugenesia médica: pronto se podrá cambiar el genoma humano y corregir los genes que causan enfermedades, incluso aumentar los que propician la fuerza y la inteligencia.
P. Pero esas ideas llevaron al Holocausto. ¿Está superado ese peligro?
R. Espero que no vuelva a pasar. Creo que los avances se incorporarán al sistema facultativo. Los médicos dispondrán de un paquete genético que elimine todos los genes nocivos. Eso no tiene nada que ver con la raza, será un servicio a disposición de todo el mundo. Claro que al principio será solo para los ricos, pero acabará estando también a disposición de los pobres. No se aplicará de manera racista.

A vueltas con las razas humanas



El País, 5 de marzo de 2015

Este libro está destinado a causar una bronca monumental entre científicos sociales, pensadores y lectores de todo signo —como ya ha hecho su versión inglesa en Estados Unidos—, así que lo mejor será que arranque este comentario resumiéndoles lo que sostiene su autor, el prestigioso divulgador Nicholas Wade, antiguo editor deNature, Science y las páginas científicas de The New YorkTimes.Tiempo habrá después para discutir sobre lo que el autor no dice, que será probablemente el tema principal de la polémica subsiguiente, como suele ocurrir en estos casos.
Wade sostiene que hay un componente genético en el comportamiento social humano, y que esos genes están tan sujetos al cambio evolutivo como los que controlan el color de la piel, el metabolismo de las grasas o la adaptación a las grandes altitudes; que esa evolución del comportamiento social ha seguido cursos diferentes en las distintas razas, y que esas diferencias, aunque leves, han tenido efectos multiplicativos en las instituciones que prevalecen en una u otra población humana. El autor reconoce que nada de esto son hechos probados, sino conjeturas, y el libro consiste en una detallada argumentación a su favor: un argumento que quiere otorgar un papel a la evolución biológica en el gran drama de la historia humana.
Esta idea, sin la menor duda, choca frontalmente con una premisa de fuerte consenso entre los científicos sociales, y entre la vasta mayoría de los naturales: que la evolución biológica se detuvo al surgir nuestra especie, y que por tanto no tiene nada que decir sobre la historia de la humanidad, que sería explicable enteramente en términos culturales. Mantener lo contrario no es más que una exhibición de racismo, según este consenso, y merece no ya una refutación académica, sino una amonestación moral. Y esto es, en efecto, lo que ha recibido Wade en el mundo anglosajón, con acusaciones de racismo y una carta a The New York Times donde 139 genetistas —incluidos los que él cita en su libro— le desautorizan de forma explícita y humillante. De la que le ha caído en los blogs mejor ni hablar.
La posición ortodoxa, sin embargo, no puede exhibir unas credenciales científicas mucho mejores que la propuesta de Wade. Al igual que esta, se trata de una mera conjetura, no de un hecho probado. Una de sus premisas fundamentales —que la evolución se detuvo al surgir nuestra especie— se debe considerar ya tan refutada como la cosmogonía de Ptolomeo. Los rasgos externos como el color de la piel son adaptaciones al clima local que, obviamente, han tenido que ocurrir después de que un pequeño grupo de humanos modernos saliera de África hace 50.000 años para colonizar progresivamente el resto del mundo. Los genes del metabolismo se seleccionan durante siglos de hambrunas para almacenar toda la grasa posible con un alimento escaso, y empiezan a matar a la gente de diabetes cuando las condiciones mejoran. Los pobladores de las alturas del Tíbet y de los Andes están adaptados a la escasez de oxígeno gracias a sus genes, no a sus hábitos de lectura. La moderna genómica ha revelado las huellas delatoras de la selección natural reciente en muchos genes humanos. El dogma de que la evolución se paró al surgir la especie está muerto y enterrado.
Otra pata esencial de la posición de consenso es la tabula rasa: que el ser humano nace con un cerebro cognitivamente virgen, como un disco duro borrado por los servicios secretos, y enteramente moldeable por la experiencia, el aprendizaje y el entorno cultural. Y se debe considerar también refutada. Los productos de la experiencia son sinapsis reforzadas o debilitadas, pero el ser humano, como cualquier otro animal de este planeta, nace con todo tipo de sesgos genéticos en sus conexiones neuronales: con sinapsis que ya vienen reforzadas o debilitadas de nacimiento. Gracias a eso podemos aprender a hablar, a diferencia de los perros y los monos. La tabula rasa también ha muerto.
La bronca sobre el libro de Wade, entonces, no debería despistarse con todos esos pseudoproblemas, sino con cuestiones mucho más nítidas e interesantes. No nos enredemos si la evolución se paró —no se paró—, ni si en las razas existen —llámenlas poblaciones y sigamos adelante—, sino en los asuntos verdaderamente sustanciales. Por ejemplo, ¿afectan realmente los genes al comportamiento social? ¿Qué genes, y de qué forma, y en qué medida? Si hubiera variantes genéticas que afecten al carácter disciplinado o rebelde, conservador o experimental, apaciguador o pendenciero —y es muy probable que las haya—, ¿podrían presentar distintas frecuencias en distintas poblaciones? ¿Y podría explicar eso alguna diferencia sociológica o política entre ellas? No discutamos sobre si hay genes de la inteligencia —se cuentan por docenas—, sino sobre si eso tiene algo que ver con el hecho de que los judíos, que solo suponen el 0,2% de la población mundial, hayan obtenido el 30% de los premios Nobel de este siglo.
No se dejen engañar por las fatuas de los genetistas (y quien les habla es uno). Wade no es un racista, ni un determinista genético, ni la última encarnación del diablo. Tampoco es judío. Puesto que la bronca se va a armar de todos modos, no solo me voy a permitir recomendarle el libro, sino también cómo leerlo: sin escándalo, dejando en suspenso el dogma recibido, inclinando la cabeza en el ángulo adecuado para entender el argumento del otro. Así se construyen las sociedades abiertas. Lo demás son manadas en la estepa del intelecto.

Una herencia incómoda. Nicholas Wade. Traducción de Joandomènec Ros. Ariel. Barcelona, 2015. 295 páginas. 20,90 euros.

En busca de Superman

Recientemente encontré un artículo por Internet en el que se hablaba sobre la eugenesia, que, acorde con el DRAE, es la  "aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana". Esta filosofía social parte, o está enlazada con fuerza al darwinismo social,  y pretende dar nacimiento a personas con características favorables para el desarrollo humano, ya sea la inteligencia, la salud u otras. Hasta este punto, alguna persona podría decir que esta idea no es del todo mala, pero llevarla a cabo condenaría a los individuos que no estuviesen dotados de estas propiedades que se consideran aptas para el progreso de la especie. Esto no queda solo aquí, ya que en esta doctrina también hay cabida para distinciones entre razas y grupos sociales.

La eugenesia defiende prácticas de todo tipo, consideradas universalmente como brutales. Entre ellas se pueden destacar la esterilización forzosa y el genocidio, realizadas, entre otros, por el régimen del Tercer Reich, y consideradas unos de los hechos más atroces de la historia de la humanidad. Otros ejercicios, no tan salvajes, pero sí igualmente controvertidos son la orientación genética, la fecundación in vitro y la tan arraigada actualmente ingeniería genética.

Una vez adentrados en el tema de la eugenesia, se nos aparecen varios interrogantes en el camino. ¿ Hasta qué punto un individuo puede decidir sobre la vida de otro considerado como igual? ¿Es moral realizar estas prácticas, aunque estuviesen siendo llevadas a cabo en un supuesto "beneficio"? ¿Es ético y legítimo buscar la modificación genética del ser humano? ¿Qué límite tiene la crueldad humana a la hora de buscar beneficios?










Religión o ciencia, ¿qué pesa más?

Remontarnos al origen de este cuerpo a cuerpo parece tarea imposible. Desde los inicios de la actividad científica se ha ido fundando una rivalidad que parecer no culminar nunca, aunque arrastra tras de si vidas humanas y diferenciaciones sociales. Hechos vs. Fe, ¿quién gana?
Parecen intentar anularse mutuamente, compitiendo según repercusión en nuestra vida y construyendo un recopilatorio de evidencias que defiendan sus posturas.
Sin embargo, ninguna de las dos puede ser entendida sin ser separada de la otra, puesto que se labran en campos distintos.


El ser humano por naturaleza consta de una dimensión religiosa. En esencia, esto es su afán en una búsqueda de sentido de existencia y sobre su propio ser. Es el hecho y la capacidad que compartimos de reflexividad lo que nos lleva a pensar en algo que está más allá. Más allá de nuestros límites, más allá de nosotros mismos. Irónico, pero podríamos decir que este pensamiento nace en la muerte. En el origen de las religiones, tanto antiguas como contemporáneas, la muerte constituye un punto clave común a todas ellas. La pretensión de entender o intentar justificar lo desconocido constituye la dirección hacia la que apunta el hecho religioso. Pero claro, hay otros caminos.


Por otro lado, la ciencia alimenta la necesidad de verdad del ser humano. Se funda en nuestra curiosidad y afán de conocimiento de nuestro entorno, su funcionamiento y el nuestro propio. Por ello, es importante determinar los límites del conocimiento científico, del mismo modo que los del hecho religioso.
Tales límites no pueden nunca excederse e intentar colindar con los del vecino, cuando menos pretender conquistarlos. Entonces, ¿puede la fe equipararse a la ciencia como formas de conocimiento? ¿quién es el encargado de establecer los límites que marcan su diferencia?
A lo largo de la historia, se han sucedido acontecimientos que dificultan el hecho de encontrar fácil respuesta a estas preguntas. Es el intento de monopolización de algunas religiones que no dejan pie a alternativas: la decisión entre ciencia o fe es indispensable para formar parte de su comunidad, una mala elección podría ser considerada un gesto impío. Y de ahí emergen persecuciones, guerras de religión y adoctrinamientos que, alejándonos del significado de humano, deshumanizan.
Hoy en día, sigue resulando difícil la sincronización de ambas en la vida pública, sin ir más lejos, en el ámbito educativo. Quizá el fallo se encuentre en un mal enfoque de intereses y de la concepción social del significado de los términos. De cualquier formar, el combate (sin haber empezado) no terminará hasta que se ponga cada cosa en su sitio. Nuestra es la responsabilidad. ¿Tiempo muerto?
Aida Carril Barcia 1º BI-C

La belleza no es monopolio del arte

La teoría de Einstein sobre la gravedad, el espacio-tiempo y el cosmos cumple 100 años



Decía Paul Dirac, un poeta de la física, que la belleza no es monopolio del arte, pues llegó a su famosa ecuación, no tanto intentando resolver los enigmas que le mundo natural le retaban sino buscando la belleza. Dirac afirmaba que el investigador “en su sus esfuerzos por expresar las leyes de la Naturaleza, debe preocuparse principalmente de la belleza matemática. Debe tomar la simplicidad en consideración, pero subordinada a la belleza”. No es la utilidad sino el sentido como nos recalca “simplemente examinando cantidades matemáticas que los físicos utilizan, e intentando darles sentido de manera interesante, sin importar las aplicaciones que el trabajo pueda tener”.

Hace ya 100 años que Albert Einstein llegó a formular su gran teoría sobre la gravedad, el espacio, el tiempo y el cosmos, pero Einstein no partió tanto de los datos como de la intuición y la imaginación para recrear la, a juicio de sus colegas, la teoría más bella de la historia de la ciencia. 

Esta es la historia que nos relata Javier Sanpedro en este interesante artículo que así continúa:
“Que la belleza tenga algún papel en la ciencia es algo que deja perplejo a casi todo el mundo. La ciencia, según la percepción común, es el terreno del cálculo preciso, la observación rigurosa y el razonamiento implacable, y no se ve muy bien qué pueden pintar en ese marco las consideraciones estéticas. Y todo esto es cierto, muy probablemente, para la inmensa mayoría de la producción científica. Pero los grandes saltos conceptuales son obra de gente muy rara, y ahí los prejuicios del rigor y la austeridad patinan de manera estrepitosa. Los que se salen del marco son gente muy inteligente, sí, pero también muy imaginativa, muy creativa y muy sobrada.

Las matemáticas de la relatividad general son de una dificultad disuasoria para el lego, pero el punto de partida de Einstein no puede ser más simple e intuitivo. “La idea más feliz de mi vida”, según la propia descripción de Einstein, que la contó así: “Estaba sentado en la oficina de patentes de Berna, en 1907, cuando, de repente, me vino una idea: una persona en caída libre no sentirá su propio peso. Quedé sorprendido. Esa sencilla idea me causó una profunda impresión y me impulsó hacia una teoría de la gravitación”. Lo que hoy puede experimentar cualquier visitante de un parque de atracciones –la ingravidez en caída libre— fue el disparador de la teoría que fundó la cosmología moderna. Qué cosas”.