viernes, 17 de noviembre de 2017

¡Larga vida a la Filosofía!

Día Mundial de la Filosofía 2017

Alumnado del ies Rosalía de Castro en el trabajo de pegada de cartulinas.

·       ¿Por qué hay algo y no más bien nada?
·       ¿Por qué queremos ser felices?
·       ¿Puede decirse que el ser humano sea bueno o malo por naturaleza?
·       ¿Existe la justicia?
·       ¿El mundo en el que vivimos es un mundo real?
·       ¿La ciencia siempre elabora conocimientos verdaderos?
·       ¿Qué es el tiempo?
·       ¿Está todo escrito o las personas hacen su propio destino?
·       ¿Existen creencias o conocimientos independientes de la cultura?
·       ¿Puede existir un dato sin un contexto?
·       ¿Está todo escrito o las personas hacen su propio destino?
·       ¿La ciencia siempre elabora conocimientos verdaderos?
·       ¿Existe la justicia?
·       ¿Existe algo así como el conocimiento falso?
·       ¿Afectan los valores a nuestras formas de entender del mundo?
·       ¿Existe la “intuición femenina”?
·       ¿Qué significa ser “ser humano”?
·       ¿Por qué filosofía?

       Escritas en cartulinas de colores, entre los libros y carpetas que sobrecargan las mochilas, han llegado, otro año,  las preguntas al muro del Día de la Filosofía de nuestro instituto. Preguntas obtenidas con esfuerzo, porque quizás lo más difícil de pensar es, precisamente, dudar. En las clases, el profesorado os solicita coherencia, os pide que seáis lógicos, que contengáis vuestras emociones, que seáis constantes en el empeño, que desarrolléis buenos hábitos de conducta y aprendizaje, buenas maneras de hacer las cosas en vuestro trato con ellas, y buenas maneras de relacionaros con los demás; pero lo que a veces, no se nos urge es a dudar.

      Atreverse a dudar, es atreverse a pensar de otra manera, es atreverse a ir al fondo de las cuestiones que están ahí, en el principio. Duda es superar la comodidad del “que me lo den resuelto” y “qué piensen otros”. Es verdad que a menudo recurrimos a esas “recetas del pensar” de lo “ya pensado” para ir tirando, pero cuando las cosas se ponen difíciles y es uno mismo, el que tiene que tomar decisiones importantes, es conveniente haber engrasado esa disposición a disponer de nuestra propia intelección; pues pensar es algo que tenemos que hacer por nosotros mismos. No porque tengamos que inventar lo no pensado antes, sino porque sin preguntas, esas ideas que son bienes públicos y que forman parte de nuestro legado sapiencial, no significarán nada para nosotros ,sino las recibimos desde nuestras perplejidades y dudas, sino las sometemos a la duda razonable. 

       Cavilar sobre lo que importa, con tiempo y distancia, desde la alegría de sentirse vivo, sintiendo y pensando; desde ahí, la filosofía encuentra su sitio en tu horario de clases semanal. 
       Así pues, y puesto que es el día, me atrevo a decir, como vuestra profesora que soy:
 ¡Larga vida a la Filosofía!

domingo, 12 de noviembre de 2017

¿La era de la posverdad?


      “Hay que saber distinguir entre las noticias falsas y las verdaderas mentiras”

          El humor crítico de El Roto representado en esta viñeta publicaba el día 18 de enero de este año, días antes de que Trump se alzase inesperadamente con la presidencia de una de las mayores potencias del mundo, nos hacía una llamada de atención, en forma de rompecabezas,  sobre el triunfo de la posverdad representada en un candidato a la presidencia, repudiado por su propio partido, pero que supo conectar con una parte importante del electorado, haciendo de la mentira su estrategia política fundamental, sin sonrojo y total impunidad.  Trump demostró al mundo que él no tenía  porque responder ante los hechos sino ante un electorado al que sabía decir lo que quería oír, fuese o no verdad. Y así fue, como las profecías que se cumplen de tanto creerlas, las "noticias falsas" de Trump, consiguieron 278 delegados en el Colegio Electoral norteamericano, frente a las "verdades mentiras" de Clinton que solo obtuvo 281.

         A partir de entonces se ha hablado y escrito mucho sobre la llamada posverdad como sinónimo de la era Trump, para representar el triunfo de un fenómeno, que aunque no es nuevo, ha cobrado unas dimensiones nuevas en el ámbito de lo político en las sociedades democráticas, que no solo preocupa a las élites sino que debe hacernos pensar a todos, sobre lo que sucede cuando estamos dispuestos a renunciar a los hechos, como límites de credibilidad de lo que nos es dado pensar como verdadero o falso.

       El escándalo que provoca la  posverdad es que no se identifica con la mentira simplemente, dado que no oculta los hechos o los deforma hasta hacerlos irreconocibles; el problema es que simplemente los ignora y toma por verdad la apariencia o la opinión sobre los hechos, apelando a emociones o creencias personales; es así que lo que se admite como aceptable, es lo que responde a mis intereses particulares y no a los hechos mismos. No importa si hay hechos, solo las apariencias y la capacidad para transmitir el relato inventado con impunidad, porque en este caso parece que la ficción, en tanto que mentira, no tiene penalización y se legitima porque responde a mis opiniones aunque desafíen la honestidad intelectual de esperar que uno diga la verdad cuando se expresa.

       En política esto es especialmente grave, como hemos visto en el caso del Brexit en Inglaterra que se ganó manipulando datos y divulgando informaciones falsas, o las discursos de Lepen en Francia, dos ejemplos de demagogia, de los que nuestro país no está al margen; por ejemplo cuando oímos repetidamente que España nos roba, los políticos son una casta, no ha aumentado la desigualdad económica, la pobreza infantil no existe, las leyes pueden desobedecerse si uno discrepa de ellas, etc… No importa que haya evidencias de que eso no es objetivo o demostrable, muchos están dispuestos a deshacerse de su capacidad para razonar si creen que les puede beneficiar. 

      El problema, entre otros, sobre los que creo que debemos parar nuestra atención, está en que si la llamada posverdad se instala definitivamente en el discurso público y mediático sin que opongamos resistencia, entonces se acabó la confianza y la credibilidad de una comunidad política y sus instituciones democráticas que tienen por fin, el interés común porque es de todos en tanto ciudadanos. 

    Por lo tanto, es preciso que nos mantengamos alertas y vigilantes ante el menosprecio de los hechos, porque cuando ya no podamos ponernos de acuerdo sobre lo que es importante defender en la espera pública como interés común, nuestros derechos correrán igual suerte.

Mañana lunes debatiremos sobre la era de la posverdad por si alguno está interesado en asistir.


jueves, 9 de noviembre de 2017

¿Debería el suicidio ser un derecho fundamental humano?

Al principio me enfadó la idea planteada en clase. Algo tan delicado y tan serio que me parecía incluso algo cruel reducir a una pregunta. Pero, si lo piensas: ¿qué es lo que dicta exactamente, aparte de emociones y normas sociales, que el suicidio está mal?

A nadie se le es dada la opción vivir o no: nadie escoge dónde nace, con qué familia le toca vivir, qué características físicas o mentales lo limitan, o qué dificultades tendrá que intentar superar mientras la vida le dure. Estamos aquí sin consentimiento y, por miedo a herir a aquellos que queremos y porque la sociedad nos dice que no se puede, estamos, también, encerrados y sin posibilidad de escapar hasta que nos toque morir por causas naturales (u otras). Puesto así, suena inhumano. ¿Por qué no podemos tomar la decisión de hacer que esto pare, especialmente cuando los obstáculos, ya sean físicos o mentales, se vuelven insoportables o imposibles?

Hoy en día, la eutanasia es legal en cinco países. Es decir, es legal y está socialmente aceptado acabar con el sufrimiento de enfermos terminales o pacientes con dolores crónicos intratables a través de una muerte asistida por doctores. Y es que, ¿por qué? ¿Por qué prolongar el sufrimiento de una persona incurable o intratable solo por el hecho de satisfacer los valores o moral de unos? ¿Por qué limitarlo a dolor físico cuando el mental puede llegar a ser tan o más agotador y hacer de tu vida el mismo infierno? ¿Por qué no se empieza a tomar más en serio está clase de enfermedades? ¿Qué bloquea a la sociedad de eliminar el tabú que las rodea? Nadie entiende el dolor que una persona siente, a excepción de esa persona. Entonces, ¿por qué no dejamos que sea ella quien tome la decisión? ¿Por qué le quitamos el poder de decidir sobre su propia vida?

¿Por qué obligamos a vivir a alguien que no quiere?


Ana Calvo, 1º E

Artículo sobre la eutanasia: http://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20170219/legal-en-cinco-paises-5844527

martes, 7 de noviembre de 2017

LA IMPORTANCIA DEL HORIZONTE

Es evidente que en los últimos años la palabra utopía se está viendo abocada a un gran desprestigio. Parece que no despierta el interés que antaño despertaba, que ya no es necesaria, convirtiéndose en sinónimo de objetivo imposible, descabellado. Así, en los últimos tiempos fue objeto de fuertes críticas, de entre las que destaca la de Karl Popper, quien en su libro La sociedad abierta y sus enemigos la vincula con el totalitarismo, la falta de libertad y la acusa de ser autofrustrante al imponerse metas irrealizables que, al mismo tiempo, dice Popper que no pueden ser las mismas siempre, es decir, que no puede existir una idea utópica intemporal de sociedad.

Pero, antes de nada, deberíamos preguntarnos qué es realmente la utopía, si tiene alguna utilidad. Etimológicamente dicha palabra proviene del griego y significa simultáneamente “no hay tal lugar” y “buen lugar”, es decir, hace referencia a aquello que todavía no existe pero cuya existencia es deseable. La formulación utópica por excelencia, al menos para Popper, es la que Platón dibuja en La República (esa ciudad ideal donde reina la justicia entendida como orden y armonía entre las partes que la componen) y que entendía como embrión de las “tiranías utópicas y totalitarias” que el filósofo austríaco conoció en vida. Tras ella vinieron muchas otras, como la utopía religiosa de San Agustín de Hipona o las renacentistas (ahí ubicamos a la famosa obra Utopía, de Tomás Moro). Ya en el siglo XIX nos encontramos con el socialismo utópico que surgió como reacción al incipiente capitalismo industrial, al que sometió a una crítica mordaz (que profundizaron sus “descendientes”, principalmente Marx, quien, recordemos, más que dedicarse a idear una sociedad ideal comunista se centró en estudiar y someter a una dura crítica al sistema capitalista), promoviendo luchas centradas en lo cotidiano sin dejar de lado sus metas más aparentemente inalcanzables. De esas luchas somos todos deudores, porque de ellas vienen gran parte de los derechos de los que disfrutamos en la actualidad, que no eran más que los “imposibles” de la época.

La relevancia de la utopía a lo largo de la historia es indudable. No es un invento de la modernidad, sino que lleva muchos más siglos acompañándonos en sus distintas formas, aunque es bien cierto que nos sería imposible entender la modernidad sin ella, especialmente la historia contemporánea, que lleva dicha palabra marcada a fuego. Pero hoy en día, como dije al principio, no queremos oír hablar de ella e, instalados en la comodidad que nos produce la aparente imperturbabilidad de lo establecido, de lo conquistado, exigimos únicamente certezas creyendo que todo es para siempre. Así, en la posmodernidad en la que habitamos nos dice Zygmunt Bauman que no nos preocupamos de la utopía, que la hemos depositado en el basurero de la historia, porque ya vivimos en la utopía. Una utopía salvaje, atroz, bárbara: una distopía. Por un lado hay jardineros, quienes afanosamente cuidan el jardín, arrancan las malas hierbas y dejan crecer las flores más bonitas: son los utopistas modernos. Por otro lado hay cazadores, que sólo atienden a la caza, a un impulso depredador que los maneja y no les permite ni fijarse en el jardín en que viven ni pensar sobre el futuro del mismo: en este caso los protagonistas somos nosotros que, borrachos de abundancia y rodeados de un neoliberalismo insaciable, nos dejamos llevar por un individualismo feroz e inconsciente. Así, olvidamos el futuro, no nos interesamos por lo que vendrá más allá de las cortas fronteras temporales que nos trazamos, dejamos de lado el largo plazo centrándonos en lo inmediato. Por desgracia, las certezas se agotan: el silencio y la quietud se las llevan sigilosamente.

Dicho todo esto, surge la pregunta: ¿qué pinta la utopía en todo esto? Pues bien, mediante ella, antes que nada, asumimos nuestras imperfecciones, ya que tiene un valor crítico indudable: mientras nos orientan, las utopías nos empujan a no resignarnos con lo presente, a reflexionar y a mejorar nuestro mundo, a avanzar, a caminar. Cuenta Eduardo Galeano que una vez le preguntaron al cineasta argentino Fernando Birri para qué servía la utopía, a lo que él respondió: “la utopía está en el horizonte. Yo sé muy bien que no la alcanzaré. Que si yo camino diez pasos, ella se alejará diez pasos. Que cuanto más la busque, más lejos estará. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.” Como el horizonte, nos orienta, nos hace no sólo avanzar sino también saber a dónde avanzamos. Nos permite soñar, delirar por un momento, sin perder el pulso de lo que nos rodea. La utopía (cualquiera, porque no hay una, sino muchas, tantas como seamos capaces de imaginar) es, hoy más que nunca, necesaria para que abordemos los retos y desafíos con profundidad, sin ignorar el largo plazo ni tampoco, por supuesto, lo cotidiano. Pero estas utopías que necesitamos no deben centrarse como se centran los jardineros en arrancar las malas hierbas (que se lo digan a Bauman, que vio como muchas eran arrancadas a cuajo a su alrededor), no pueden ser verdades consumadas e innegables (“caminante no hay camino sino estelas en la mar”, que diría Antonio Machado), sino que, como el horizonte, han de cambiar a medida que caminemos (“caminante, son tus huellas el camino y nada más”), a medida que giremos la cabeza y nos pongamos nuevos objetivos, siempre para progresar (“al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”). Así, ante la distopía actual en la que dice Bauman que vivimos tenemos dos opciones: una, la más fácil de ellas, es resignarse y aceptarla; la otra es, en palabras de Italo Calvino, “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”. Esta vía requiere de grandes dosis de esperanza, altura de miras y, sobre todo, de una gran orientación (ahí es donde entra en juego nuestra amiga). Es la más difícil de todas, sí, pero, sin embargo, es la que nos ha traído hasta aquí.


Antonio Lorenzo González 2ºF

Bibliografía:
-"Popper contra el utopismo." La Grieta. http://lagrietaonline.com/popper-contra-el-utopismo/
-Metáfora de los guardabosques, los jardineros y los cazadores, Extracto de "Tiempos líquidos", de Zygmunt Bauman. http://uninstantedecaos.blogspot.com.es/2013/12/tiempos-liquidos-1-zygmunt-bauman.html

viernes, 3 de noviembre de 2017

¿Constituye la pérdida de civismo una amenaza para la democracia?

  Os presento hoy a una de mis filósofas favoritas: Victoria Camps, catedrática de Filosofía moral y política en la Universidad de la ciudad que la vio nacer en 1941: Barcelona.

   Una pensadora convencida de que las virtudes públicas, en el sentido aristotélico, son indispensables en una democracia participativa, por ello  ha trabajado en una ética que contribuya a la formación de la ciudadanía en múltiples ámbitos, desde los contenidos mediáticos de las televisiones públicas, los problemas que plantean la utilización de la ingeniería genética en la valoración de la vida humana, en la defensa del papel de la mujer en la vida pública, denunciando activamente su exclusión de la misma, etc.

    Afortunadamente tendremos la oportunidad de escuchar una conferencia suya que lleva el sugerente título de: La ciudadanía del siglo XXI. dentro de unas jornadas que organiza la Facultad de Filosofía que llevan por nombre: Filosofía, Cultura y Ciudadanía. (ya veis que estamos a la última!)

La cita será el martes 21 de noviembre a las 19 h en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía (Plaza Mazarelos s/n. Santiago de Compostela)

Os dejo algunos títulos de sus obras y una presentación de esta pensadora para ir abriendo boca.
¡No faltéis a la cita!
  • La imaginación ética, 1983;
  • Ética, retórica y política, 1983.
  • Virtudes públicas (Premio Espasa de Ensayo), 1990.
  • Paradojas del individualismo, 1993.
  • Los valores de la educación, 1994.
  • El malestar de la vida pública, 1994
  • Manual de civismo (junto a Salvador Giner), 1998.
  • Qué hay que enseñar a los hijos, 2000.
  • Una vida de calidad: reflexiones sobre bioética, 2002.
  • La voluntad de vivir, 2005
  • Creer en la educación, 2008.
  • El gobierno de las emociones, 2011, por el que ganó el Premio Nacional de Ensayo 2012.
  • Breve historia de la ética, 2013.
  • Elogio de la duda. Arpa. 2016. 
  • ¿Qué es el federalismo?. Los libros de la Catarata. 2017





miércoles, 1 de noviembre de 2017

¿Qué es una persona normal?

El otro día, charlando con un amigo, mi compañero utilizó la expresión persona normal. La frase me chocó enormemente. En el contexto de nuestra conversación, mi interlocutor la utilizaba contraponiéndola a las personas politoxicómanas, pero es una forma de expresarse que ya había oído muchas veces antes, nunca con el mismo significado.
Por tanto, yo me pregunto, ¿qué es un persona normal? Y, mucho más importante, ¿quién decide lo que es normal y lo que no, y en qué autoridad y criterios se basa para hacerlo? ¿Qué nos lleva a acatar la órdenes de este mandatario incorpóreo?
Encontré muy adecuada a la situación la cita de la inocente Alicia, del largometraje de Tim Burton, Alicia en el País de las Maravillas:
         <<¿Quién decide qué es lo apropiado? Y si se decidiera que lo apropiado es ponerse un  besugo en la cabeza, ¿te lo pondrías?>>
Por supuesto, el ejemplo de la niña resulta ridículo, pero es precisamente en eso en lo que estriba toda la esencia y el potencial del mismo. Todos, por muy duro que lo intentemos, nos cortamos y nos regimos por la misma serie de patrones. Tenemos de referencia lo que nos señalan como lo normal, sin poder nunca escapar de ello.
Desde mi punto de vista, estamos en una época en la que perseguir los ideales de pensar por uno mismo y ser nuestros propios creadores resulta especialmente dificil. Vivimos manipulados por los medios, perseguidos por la sombra de las expectativas, lo que se espera de nosotros, lo que se supone que debemos querer, ser y pensar, los canones de belleza, los estándares y, sobretodo, por la obligación implícita de ser una de esas personas normales.
En mi opinión, deberían educarnos para poder escoger quién ser o qué pensar, para no etiquetarlo todo, para no obligarnos entre nosotros a seguir las absurdas reglas de la normalidad, excluyendo y asfixiando a quien se niegue a hacerlo y, en definitiva, para que nos demos cuenta de que no existen las personas normales.

Dani Couso. 1º B