sábado, 1 de noviembre de 2014

¿Es posible pensar sin lenguaje?

Suele decirse que los seres humanos somos el conjunto de nuestras experiencias, que estas nos moldean y nos convierten en los que somos. Una declaración muy controvertida y que supone un interesantísimo campo de discusión. Sin embargo, el propósito de esta entrada no es tanto tratar esta afirmación como reflexionar sobre cuál es el papel del lenguaje a la ahora de interpretar una experiencia ¿Podemos separar nuestras experiencias del mundo del lenguaje que empleamos? ¿Es posible pensar sin lenguaje?
La respuesta es no. Los bebés lloran, ríen, patalean... asocian comportamientos con sus actos de manera difusa aún cuando no conocen el lenguaje y apenas tienen unos meses de vida. Sin embargo, no son conscientes de que el mundo se compone de “algos” hasta que son capaces de nombrarlos, de designarlos, de emplear el lenguaje para comunicarse con los demás.
La experiencia de Helen Keller mostrada en El milagro de Anna Sullivan es el perfecto ejemplo de ello: ciega y sordomuda, crece en una vorágine de deseos, emociones y caprichos descontrolados, no es consciente de que todo lo que toca o experimenta tiene un nombre y que es ese nombre lo que le aporta significado. Antes de la llegada de Anna Sullivan, Helen pensaba y razonaba, poseía un lenguaje “interior”, entendía lo que sucedía a su alrededor pero no era capaz de hacérselo saber a los demás, así que estos la trataban como a una mascota, como un animal
Con el lenguaje podemos comunicarnos, expresar una gran cantidad de ideas y pensamientos que el rudimentario y primario lenguaje de Helen no podía abarcar. A través del lenguaje podemos “intercambiar”, acceder a nuevas visiones e interpretaciones del mundo que influyen profundamente en nosotros, nos marcan y nos moldean convirtiéndonos en lo que somos.
Decía Aristóteles que el ser humano es un ser social, dado que necesitamos de los demás para poder existir, que los demás nos reconozcan como humanos. Pero para que esto pueda tener lugar necesitamos del lenguaje, que actúa como intermediador en todas nuestras relaciones sociales. Nos permite ampliar nuestros campos de expresión, pero a la vez nos limita, nos confunde, nos lleva a ambigüedades y equívocos: muchas guerras han tenido lugar debido a la palabra y como han sido interpretadas.
Para finalizar os dejo las siguientes palabras Helen Keller: “Cuando aprendí el significado del “yo” y el “mi” me enteré de que yo era “algo” y comencé a pensar. El hombre se busca y estudia a sí mismo, y a su debido tiempo encuentra su grado de extensión y el verdadero significado para sí del universo”. El pensamiento sin lenguaje es imposible, mas el lenguaje sin el pensamiento es inútil.

Raquel Fernández Vieitez 1ºBI


miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Cultura de la violencia?

Demasiadas cosas están ocurriendo con un impacto inimaginable en nuestra calidad de vida presente y futura. Me refiero al deterioro del medio cultural del que se rodea la infancia: no solamente a la cantidad de horas que los más jóvenes pasan junto al televisor sino al contenido de los videojuegos y programas actuales, en los cuales destaca una clara, llamativa y peligrosa promoción al consumismo, individualismo, narcisismo y egocentrismo.

Valores que, debido al gran grado de exposición a estos medios audiovisuales y a la indefensión de los más pequeños, se transmiten de forma alarmante. Se sustituye así, una visión solidaria, amable y colectiva de la sociedad por un claro y desmesurado énfasis en la fuerza, en el éxito individual, en la competitividad, en el yo y en la consecución inmediata de lo deseado.

Para finalizar y como reflexión para usted, lector, le planteo dos cuestiones: ¿Es está la sociedad de la que quiere rodearse? Si esto no es así, ¿qué puede hacer para cambiarlo?

¿En qué mundo vivimos?

Ciertos filósofos, como Platón, se plantearon a lo largo de su existencia si el mundo que habitamos es real o ficticio. A través del mito de la caverna Platón nos planteaba si estamos viviendo en un mundo irreal , sin dudar en ningún momento que no es la verdad, bien porque  nuestras mentes son incapaces de abarcar que vivimos una mentira o bien porque estamos más cómodos viviendo en la ignorancia mientras tengamos todas las comodidades posibles o podamos aspirar a ellas.
     Pero, realmente,  ¿qué es lo verdadero y qué no los es?,  ¿cómo podemos saber si el mundo en el que vivimos es real o tan sólo una ilusión?  En mi opinión, estas dos cuestiones son muy difíciles de responder, porque pese a que es posible que todo sea una gran mentira, de ser así, sería la ilusión en la que nosotros vivimos nuestras vidas y, en cierto modo, ¿no la convierte eso en real?,  ¿cómo puede saber, con total certitud, una persona o un grupo de personas que existe un mundo más allá del que podemos ver, si no ha podido acceder a él?

     Sinceramente no creo que sea posible contestar a estas preguntas estando totalmente seguros de lo que decimos, porque hasta el momento no podemos aportar  pruebas científicas que demuestren que existe un mundo más allá del nuestro en el que se encuentran todas nuestras almas. Sin esas pruebas, lo único que podemos aportar son teorías, que algunos aceptarán y otros rechazarán asegurándonos que estamos locos.

martes, 28 de octubre de 2014

La complejidad del lenguaje

La cuestión de si apareció antes el pensar o el lenguaje es una cuestión que aún no está completamente resuelta, pues no hay nada que nos demuestre que una de las dos cosas fue anterior a la otra de forma totalmente segura.

Cuando nosotros pensamos, en nuestra mente se crea un mundo propio con elementos también propios creados así por ella. Estos no tienen por qué tener un nombre concreto, un nombre que nos venga dado por el aprendizaje del lenguaje en sí mismo, simplemente los creamos en nuestras mentes y los identificamos, creando una especie de “lenguaje” propio, interior, con el que nos comunicamos con nosotros mismos. Esto se puede comprobar en la película de El milagro de Anna Sullivan ya que a pesar de que Hellen carecía de un lenguaje en el pleno sentido de la palabra, en su mente existían pensamientos; pensaba, razonaba. Con los sentidos que poseía, percibía los estímulos y así creaba su propia realidad. A pesar de que no era capaz de transmitir al exterior lo que en esta pasaba, ella identificaba los elementos, entendía los hechos y reflexionaba. ¿Cómo podemos afirmar que una persona no posee un lenguaje? ¿Cómo podemos averiguar que este no está oculto en su interior?

 El lenguaje no tiene únicamente relevancia comunicativa, sino que también tiene relevancia psicológica, epistemológica y ontológica, es decir, que es un modo de ser, el modo de ser que caracteriza a todos los elementos de nuestra realidad. Parémonos a reflexionar. ¿A que llamamos realmente lenguaje? Cuando nos referimos a “el lenguaje”, con este artículo antepuesto estamos asumiendo que sólo hay un lenguaje, que hay un lenguaje único. ¿Acaso no hay más de un lenguaje? ¿Acaso este es siempre homogéneo, uniforme?

El lenguaje es muy útil a la hora de expresarnos pero muchos pensamientos no se pueden comunicar mediante su utilización, mediante palabras. ¿Cuantas veces no hemos dicho la frase de: “No se puede expresar con palabras”? Es verdad que el lenguaje es un gran instrumente para la comunicación, pero al mismo tiempo que amplía también limita como sucede con la mayoría de las cosas.  Por una parte amplía, mejora, la comunicación y las relaciones sociales pues, sin el lenguaje, esta sería inviable. Por otra, nos limita a la hora de expresarnos fielmente a lo que pensamos, pues los pensamientos son elementos muy complejos y como tales no se pueden expresar exactamente ni de forma completa. Además, un mal conocimiento del lenguaje puede hacer que las ideas que transmitamos sean equívocas y contrarias a lo que realmente pensamos, por no hablar del arma detonante que puede llegar a ser dando lugar a altercados y situaciones violentas que no deberían ser ejecutadas. Tenemos la típica frase que la gente utiliza para “demostrar” que es sincera: “Yo digo lo que pienso”. Es verdad que ser sincero significa decir lo que realmente piensas y sientes pero no podemos decir todo lo que pensamos porque si no esta poderosa arma se disparará en muchas ocasiones provocando heridos. Debemos reflexionar sobre lo que queremos expresar antes de hacerlo y plantearnos una pregunta cuando lo estamos haciendo: ¿De qué estoy hablando realmente?


Ciencia, ¿todo es revisable?


    La ciencia tiene en nuestra sociedad una alta credibilidad. Cuando se afirma que algo es “científico” se quiere dar a entender que goza de fiabilidad por ello cualquiera que busque esta aceptación, desde una empresa publicitaria, un discurso político o una institución religiosa, acudirá a ella para dar a entender que su afirmación está más allá de cualquier discusión. Cuando se sigue tal concepción del quehacer científico se suele partir de la creencia de que la ciencia se basa en hechos; es decir, es afirmaciones acerca del mundo que pueden ser verificados a través de métodos contrastados, de ahí se infiere que los resultados establecidos serán seguros y objetivos. Pero si la estructura de la ciencia está asentada en hechos observacionales que ofrecen resultados objetivos en la investigación, ¿cómo es posible que los mismos hechos puedan mostrase erróneos en el curso de otros estudios?, ¿todo está sujeto a revisión?

Lee el artículo que, a continuación se propone, y seguimos discutiendo en clase.
PABLO LINDE  27 OCT 2014 El País

¿Qué le ocurrió al pescado azul cuando pasó de ser un demonio nutricional a un alimento saludable? ¿Por qué los huevos antes subían el colesterol y ahora no tanto? ¿Qué falla cuando se descubre que un medicamento ampliamente usado es más dañino que beneficioso? ¿Todo está sujeto a revisión? ¿Es que no nos podemos fiar de nada? Empezando por la última pregunta: sí, en general, nos podemos fiar de los consensos científicos que determinan las propiedades de un producto (no tanto de las marcas que los comercializan, ver despiece). Los estudios son cada vez más precisos, las muestras poblacionales mayores, los errores que se han cometido en el pasado tienden a paliarse y cada vez conocemos mejor cómo funciona el cuerpo humano. Siguiendo por la penúltima cuestión, la respuesta también es sí: todo está sujeto a revisión. ¿Es esto una contradicción? El filósofo Mario Bunge explica que, a diferencia de otras disciplinas, las ciencias investigan, y por lo tanto, descubren hechos y producen ideas nuevas que a veces contradicen el saber anterior. “El Papa será infalible, pero los científicos no. Sin embargo, los errores científicos terminan por descubrirse porque, a diferencia de la religión y de la pseudociencia, hay libre discusión y, en cuanto aparecen motivos para dudar de una idea o un procedimiento, se examina o se reexamina”, argumenta.
La confusión entre correlación y causalidad es uno de los principales motivos para el asentamiento de conocimientos erróneos. Un ejemplo clásico para entender ambos conceptos es esta afirmación verdadera que lleva a equívocos: los niños con los pies más grandes razonan mejor que aquellos que los tienen pequeños. ¿Quiere decir que el mayor tamaño de esta extremidad mejore las habilidades cognitivas? No, simplemente los chavales con los pies más grandes tienen más edad. Resulta sencillo entender que esta correlación no guarda causalidad, pero en otras ocasiones la intuición nos lleva a juicios erróneos. Incluso los científicos expertos en salud han caído en la trampa y a lo largo de la historia han sostenido afirmaciones que resultaron ser falsas. El ejemplo del huevo es uno de ellos. Se parte de una hipótesis biológicamente plausible: el huevo contiene colesterol, por lo que resulta verosímil que su ingesta contribuya a aumentar los niveles de esta grasa en la sangre. Cuando en los años setenta se realizaron estudios epidemiológicos (que muestran pautas de salud de grandes grupos de población) buscando la correlación entre consumo de alimentos con colesterol y sus niveles en humanos, se halló que efectivamente existía. Así, la comunidad médica y científica encontró razonable pensar que el huevo elevaba el colesterol y llegó a la conclusión de recomendar no más de tres por semana. Hoy cualquier doctor o dietista bien documentado le dirá, en general, que puede ingerir tranquilamente uno al día.
El gran dilema del vino
El nutricionista Juan Revenga explica que muchas de las recomendaciones que se hacen parten de este tipo de análisis: “Se estudiaban dos variables y un resultado, y se formulaban recomendaciones en función de estos. No se tenía en cuenta que también hay una infinidad de parámetros que no contemplamos; puede que no los hayamos pensado y también influyan o que, según quién haya hecho el estudio, no los haya querido ver”.
Revenga pone un ejemplo que mezcla varios ingredientes que dan como resultado conclusiones erróneas: el caso del alcohol. Está relativamente asentado que una copa de vino al día es saludable. Existen estudios que muestran que quienes la ingieren tienen, de promedio, menos problemas cardíacos que quienes no lo hacen. Y la industria ha procurado, por varias vías, que todo el mundo se entere de estos resultados. “Pero, para empezar, el daño que produce el alcohol es muy superior a los beneficios que puede traer, es un producto tóxico altamente deletéreo. Es cierto que tiene ciertas sustancias que biológicamente pueden ser beneficiosas, pero las cantidades que habría que ingerir hacen que sea contraproducente. Además, son tantos los riesgos de su consumo que no conviene aconsejarlo”, explica Revenga. Esto es así hasta el punto de que la UE ha prohibido que el etiquetado de bebidas con más de 1,2% de alcohol en su composición contengan recomendaciones saludables. “Nuevos estudios parecen mostrar que la correlación entre el consumo moderado de alcohol y la longevidad tienen más que ver con la calidad de vida de quienes lo consumen”, añade. Es decir, no es el vino lo que causa vivir más, sino que se da la circunstancia de que, quienes beben cantidades moderadas de vino, suelen tener buena calidad de vida, gozan de una sanidad avanzada y de trabajos físicamente seguros.
En el caso del alcohol, como en el de muchos otros, interviene lo que en inglés se denomina cherry picking (cuya traducción literal sería algo así como ‘recolección de cerezas’).
Solo las mejores cerezas van al cesto
Se realizan muchas investigaciones que no se publican. Si la industria del vino o la de la cerveza realizan un análisis metodológicamente correcto que concluye que su producto causa determinados males, es muy probable que lo metan en el cajón y nunca vea la luz. Solo escogerán las cerezas rojas y hermosas, los estudios que hallan correlaciones positivas, no las pochas. Es la falacia de la evidencia incompleta, que ha llevado a asumir durante años supuestas verdades que han resultado no serlo. El médico y divulgador científico Ben Goldacre, en su libro Mala Farma (editado por Paidós) hace una brutal crítica a las farmacéuticas por ejecutar esta práctica. Pone como ejemplo el Reboxetine, un antidepresivo que él mismo prescribía. Lo hizo durante mucho tiempo tras haberse documentado ampliamente con toda la literatura médica disponible. El problema era que también había mucha que no lo estaba. El médico explica en su libro que solo una cuarta parte de los estudios estaban publicados. Cuando descubrió las conclusiones de los otros análisis, se dio cuenta de que los efectos secundarios eran peores que el supuesto bien que aportaba el medicamento, porque de hecho, el Reboxetine “no funciona”. Por eso, Goldacre propone una legislación en la que sea obligatorio publicar todas las investigaciones que se realizan. En casos como este, estaríamos hablando directamente de una mala praxis, casi de una estafa. No falla la ciencia, sino quienes la practican, como sucede con los análisis erróneos.
Juan de Mata Donado Campos, médico y, entre otros cargos, profesor de la Escuela Nacional de Sanidad y del Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, reconoce que en la fase de diseño y análisis de un estudio epidemiológico se pueden cometer errores y de hecho se cometen. “Cuando se produce un cambio de paradigma no se basa en el resultado de una sola investigación, sino en los resultados de muchos realizados por diferentes investigadores y en diferentes tipos de población. Por lo que es imposible que en todas ellas se cometan errores”. Esto no solo se realiza con estudios epidemiológicos, sino con cualquier investigación. Es lo que se denomina metaanálisis: se examinan todos los estudios sobre un tema, se ponderan en función de las muestras (los sujetos que han participado en cada uno) y se extraen conclusiones más estables que las que pueda dar uno aislado. Muchas falsas creencias (más de la población en general que de la comunidad científica, que no se suele fiar de cualquier publicación) provienen de datos aislados que pueden resultar de una metodología incorrecta, ser incompletos o resultar contradictorios con la mayoría de estudios realizados a posteriori.
Aquí los medios de comunicación también tienen la responsabilidad de examinar si lo que publican es realmente digno de crédito, como denuncia Goldacre en su primer libro, Mala Ciencia (editado por Planeta). Así, las conclusiones de un metaanálisis sentarán verdades más estables. Ocurre por ejemplo con las grasas saturadas. Uno reciente concluye que, probablemente, no sean tan malas como se ha pensado hasta ahora. “Esto no quiere decir que sean buenas”, previene el nutricionista Revenga. Por muy completos y bien hechos que estén los estudios, incluso los metaanálisis, se suelen realizar entre centenares, miles de personas en el mejor de los casos. Puede suceder que reacciones muy específicas no afloren en ellos. Juan Ramón Castillo, presidente del Centro Andaluz de Farmacovigilancia, explica que cuando la exposición se lleva a cientos de miles o millones de personas pueden surgir problemas raros. “¿Es que no son seguros los medicamentos? Cuando son comercializados, las agencias han hecho evaluación del beneficio riesgo como favorable. Los sistemas de farmacovigilancia [en España hay un centro en cada comunidad autónoma] trabajamos con sospechas de las que nos avisan pacientes y médicos. Una vez que la tenemos, investigamos si existe una causalidad que pruebe esa asociación. Son necesarios procesos de ampliación de señal, informes en el sistema español de farmacovigilancia, presentarlos en la Agencia Europea del Medicamento… Mediante un sistema de evaluación se determinará si la relación riesgo-beneficio cambia, lo que puede variar la prescripción del fármaco a un grupo de población concreta, a todo el mundo, o incluso suponer su retirada”, explica.
El futuro está en los big data
Un ejemplo de gran impacto fue la retirada en 2001 de un medicamento con cerivastatina contra el colesterol tras detectarse problemas musculares, astenia, debilidad, e incremento de sensación de fatiga que podían llegar en casos graves a insuficiencia renal, o ser incluso mortales. Son ejemplos que algunos pueden esgrimir para denunciar que estamos expuestos a muchos peligros, pero que la comunidad científica utiliza para explicar que el sistema funciona y que los riesgos son cada vez menores. Y siguen perfeccionándose. Donado Campos asegura que en un futuro cercano se impondrán la utilización de los big data (grandes cantidades datos) lo que, “junto con la utilización masiva de la geolocalización, va a provocar un cambio de paradigma en el diseño y análisis de los estudios epidemiológicos, ya que el manejo de estos datos superará la capacidad del software habitual para ser recogidos, manejados y analizados en un tiempo razonable”. Y añade: “Con estas nuevas capacidades seremos capaces de identificar el lugar exacto de aparición y el número de casos de enfermedades transmisibles, determinar quién influye sobre nuestro comportamiento para ganar peso o tener una vida más saludable”.
Desconfíe del etiquetado: el truco del asterisco
Si ve una etiqueta con alegaciones saludables, sospeche. Es la recomendación de José Manuel López Nicolás, profesor de la Facultad de Biología de Murcia y autor del galardonado blog divulgativo Scientia. En él carga duramente contra una industria que, según dice, trata de engañar al consumidor. La pregunta que se hace es: “¿Por qué las autoridades no lo evitan?”. El sistema es el siguiente: para que una etiqueta tenga una alegación saludable, como que el producto baja el colesterol o es bueno para las defensas, debe contener determinadas sustancias para las que la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA en sus siglas en inglés) haya aprobado esas recomendaciones. Hasta el momento, se han presentado 2.245 productos de los cuales, tras su análisis, la EFSA solo ha autorizado 250 recomendaciones saludables, es decir, un 11%. Un ejemplo de recomendación saludable aprobada es que los esteroles, presentes en algunas bebidas, ayudan a bajar el colesterol. Otro que la vitamina B6 ayuda a las defensas. López Nicolás explica que la gran mayoría de los productos son legales porque los eslóganes que usan son literalmente los que ha probado la EFSA. “El problema es que está referido a un ingrediente que se encuentra en una cantidad mínima, pero toda la publicidad se basa en torno a otro ingrediente que no tiene nada que ver y que es por lo que se paga. Por ejemplo, la vitamina B6, que suele acompañar a los productos con lactobacillus. Esta vitamina es la que ayuda verdaderamente a las defensas. Pero un plátano, que no tiene etiqueta, tiene el triple de vitamina B6”, explica. Es lo que llama el truco del asterisco. El problema es que ni siquiera todas las etiquetas que vemos respetan este límite de cumplir la ley por el asterisco. Una vez que se comercializan los productos, la competencia inspectora y sancionadora es de las comunidades autónomas. En una campaña que llevó a cabo la Junta de Andalucía el año pasado, casi el 40% de etiquetas de productos saludables y nutricionales no cumplía con la normativa comunitaria. Grasas comestibles, platos cocinados y conservas acumulaban el mayor número de incumplimientos. Están consideradas infracciones de carácter leve y les corresponde una multa de entre 200 y 5.000 euros.
Edulcorantes, un caso aparte
Los edulcorantes artificiales llevan mucho tiempo en el punto de mira de científicos y consumidores. Es una creencia extendida que provocan cáncer, pero lo cierto es que los márgenes de seguridad que ha probado la ciencia dan margen para tomar más edulcorantes de los que una persona normal puede ingerir sin preocuparse por su salud. Recientemente se ha hecho público un estudio (liderado por el israelí Eran Elinav, del Instituto Weizmann, y publicado en Nature) que nada tiene que ver con esta enfermedad, pero que vuelve a poner la salubridad de estas sustancias en entredicho. Asegura que alteran el equilibrio bacteriano del sistema digestivo y que propicia subidas de la glucosa en sangre, lo que puede desencadenar diabetes. De ser cierto, supondría que los beneficios de los edulcorantes como sustitutivos de la sacarosa se diluirían. Sin embargo, la comunidad científica ha recibido este estudio con escepticismo. En primer lugar, porque está fundamentalmente basado en ratones. El doctor en bioquímica José Miguel Mulet explica que hace tiempo ya hubo un “error importante” cuando se dijo que algún edulcorante producía cáncer de vejiga y el verdadero problema fue que no era extrapolable a humanos. Además, en este estudio se hace un ensayo posterior en personas, pero solo con siete individuos, frente a otros con 300.000 que no habían detectado estos problemas con los edulcorantes. Hay dos problemas más: por un lado, los niveles de concentración con los que se hizo el estudio son mucho mayores de los que una persona suele ingerir en un día y, por otro, que la investigación se realizó con sacarina, por lo que tampoco sería exportable a otros edulcorantes artificiales. Así, para que haya un cambio de paradigma con respecto a la seguridad de estas sustancias serían necesarias evidencias mucho más sólidas.


lunes, 27 de octubre de 2014

El viejo lenguaje


     A propósito del lenguaje, inmersos como os supongo en la interpretación de la película que rodó Arthur Penn en 1962 para contar la historia real de Hellen Keller y Anne Sullivan “The Miracle Worker”, en la que se le encomienda a Anne Sullivan la difícil tarea de educar a Hellen Keller, una niña ciega, sorda y muda. Su firme propósito de arrancar a Hellen del aislamiento en el que está, lo expresa de este modo: “Todo lo que el hombre piensa, siente y sabe lo expresa con palabras, y ellas disipan las tinieblas. Y yo sé, estoy segura, de que con una palabra conseguiría poner el mundo en tus manos. Y bien sabe Dios que no me conformaré con menos.”

    ¿Tenía razón Adous Huxley (1974) cuando dijo que “las palabras forman el hilo en el cual entretejemos nuestras experiencias”?

     Para considerar la naturaleza del lenguaje, os dejo este interesante artículo del pensador y filósofo José Luis Pardo Torío sobre El viejo lenguaje.


     Aunque hoy sea normal considerar el lenguaje como un instrumento de comunicación y entendimiento entre los hombres, durante siglos los filósofos modernos vieron en él justo lo contrario: la raíz de las disputas, el instrumento de los malos entendidos, de la confusión, de la ignorancia y hasta de la guerra. ¿Se equivocaban? La verdad es que tenían buenos motivos para desconfiar: Europa atravesaba un periodo despiadado de contiendas sanguinarias, interminables y enconadas, guerras de religión animadas por miles de palabras siniestras y cargadas de razones, por toneladas de declaraciones sentenciosas que avivaban el fuego de las batallas con el sello de los teólogos.
Como dice uno de los lúcidos Pensamientos despeinados de Stanislaw Jerzy Lec, “Caronte tenía que sacar a menudo de las bocas de los muertos las palabras que les habían metido”. Por eso los sabios buscaban denodadamente un sistema de notación alternativo que tuviese la transparencia y la universalidad de la lógica, la precisión de la matemática y la claridad de la intuición, un lenguaje superior al lenguaje que en lugar de encubrir el pensamiento lo revelase en su pureza, y que en lugar de interponerse entre la mente y la naturaleza sirviese a esta última para inscribirse de manera espontánea en aquella, sin perderse en los meandros insondables de la diversidad idiomática con la que una divinidad vengativa castigó a los soberbios ingenieros que idearon la torre de Babel. Entre otros muchos, Raimon Llull trabajó denodadamente en la invención de sus signos, los racionalistas lo rebautizaron como Mathesis Universalis, y Leibnizlo redefinió como un álgebra que, sin dejar lugar a la interpretación ni margen a la controversia, permitiría a quienes estaban enfrentados en algún litigio sentarse serenamente con un lápiz y un papel para que un cálculo racional resolviese el conflicto sin necesidad de recurrir a la fuerza, eliminando la impudicia de las negociaciones y de las presiones, y la brutalidad de la violencia.
Todavía en los albores del siglo XX, Gottlob Frege, Bertrand Russell y Alfred N. Whitehead creyeron haber encontrado algo parecido en los prodigiosos desarrollos de la lógica matemática que luego vino a desembocar en la teoría de la computación que sustenta aún el softwarede los aparatos informáticos de los que todos somos hoy usuarios. Los filósofos neopositivistas del círculo de Viena, herederos de aquella consigna de Newton de abandonar lo que el vulgo entendía por tiempo y espacio, sustituyéndolo por la expresión matemática de estas instancias (a la que ya Galileo consideraba como la lengua en la que está originariamente cifrado el libro de la naturaleza), acuñaron la despectiva fórmula “lenguaje ordinario” para designar esa peligrosa herramienta siempre sospechosa de falsedad, de imprecisión y de doble intención.
La idea de superar las “turbulencias” causadas por el lenguaje y las “ilusiones” creadas por la gramática (de las cuales, según muchos testimonios, serían hijas tanto las polémicas entre religiones como las hipóstasis metafísicas, quién sabe si incluso las trifulcas vecinales), con todo, no es exclusiva de las ciencias formales. Muchos naturalistas han estado investigando las pautas de comunicación animal, con la mira secretamente puesta en la posibilidad de hallar una inmediatez en el intercambio de información y en el acceso a una verdad evidente que soslayase la irremediable ambigüedad de las palabras y en la que no tuviese cabida la posibilidad de torcer interesadamente el sentido con las más perversas intenciones. Y, ya fuera del terreno científico, lo que luego se llamaron las “bellas artes” abrigaban desde antiguo la esperanza de descubrir los números secretos de la percepción sensible y de la belleza espiritual, la estructura oculta de los cuerpos y de las figuras, de las dimensiones y de las proporciones de los mismos, más allá de los engañosos nombres que las recubren y disfrazan.
Los primeros atisbos de la abstracción en las artes visuales, y mucho más marcadamente la aparición del cubismo, despertaron entre los aficionados la promesa de un “sistema de representación” (cuyas excentricidades se veían entonces como analogías estéticas de las paradojas de la teoría de la relatividad que acababa de revolucionar la física) más verdadero y auténtico que el de la tradición naturalista o que el de la perspectiva renacentista (que no dejarían de ser “ilusiones” verosímiles y fórmulas eurítmicas para hacer pasar por verdadera una mentira). Y lo mismo sucedió con el atonalismo en el terreno de la música contemporánea: su llegada fue saludada como la emergencia de un nuevo lenguaje que, si al principio sonaba extraño o ininteligible, acabaría mostrándose como más adecuado que el del clasicismo vienés en cuanto nos acostumbrásemos a él. Y cosas parecidas sucedieron en el ámbito de la política, de la economía o de la moral sexual. Era un tiempo en el que cada otoño se anunciaba la aparición del esperado “nuevo lenguaje”.
En más de un sentido podría decirse que aquellos proyectos de los sabios fracasaron uno tras otro, chocando contra limitaciones insuperables. En cuanto a las vanguardias históricas (no sólo de las artísticas, también de las políticas), también ha pasado ya el tiempo suficiente como para constatar que no hemos logrado acostumbrarnos a esas nuevas notaciones o sistemas de representación, que no hemos conseguido aprender esos nuevos lenguajes artificiales ni enmendar con ellos las carencias de los naturales, y que incluso las más sofisticadas propiedades de la física cuántica sólo son para nosotros imaginables cuando las traducimos, como mínimo, a los términos de la mecánica clásica. Como en tantas otras ocasiones, Wittgenstein, con la terrible ingenuidad de sus apotegmas, dio en el clavo al protestar contra la arrogancia de sus colegas cuando repudiaban el “lenguaje ordinario”, denunciando en ese rechazo la ilusión de un “lenguaje extraordinario” que nadie ha encontrado ni encontrará nunca, porque no tenemos más lenguaje que el ordinario, porque la música o la matemática son lenguaje (es decir, son maravillosos mecanismos del lenguaje), pero no son un lenguaje distinto del lenguaje, ya que no hay para nosotros una alternativa al lenguaje más allá de él, y es sólo en sus márgenes en donde brillan los teoremas y las demostraciones, los ritmos y las armonías.
Pero los filósofos modernos estaban en lo cierto al notar que el lenguaje es el elemento de la confusión y del engaño. Lo que nosotros hemos aprendido entretanto es que también es el elemento del entendimiento y de la certidumbre, y que cualquier intento de librarnos definitivamente de sus peligros es un camino seguro para renunciar a la posibilidad, aunque sea improbable, de encontrar en la intransigencia de sus leyes un lugar, entre el retorcimiento que los hombres imponen a las palabras y la rigidez que las cosas exigen de ellas, para la verdad y para la dignidad.


martes, 21 de octubre de 2014

¿Qué es preferible: conocimiento sin crítica o crítica sin conocimiento?

Con el ánimo de promover la reflexión sobre la educación, unos aforismos de Jorge Wagensberg, profesor de física e investigador en la Universidad de Barcelona.

     El ser humano conserva algunos de sus rasgos juveniles más allá de su madurez sexual. Técnicamente el fenómeno se llama neotenia y, en general, está asociado a saltos significativos de la evolución. Nuestros primos primates son naturalmente proclives a jugar y a aprender durante su fase juvenil, pero pronto pierden el interés por ello. Nosotros en cambio jugamos hasta el último minuto de nuestra vida, por lo que un humano bien podría nombrarse como un mono inmaduro, un curioso individuo cuya educación en las aulas puede superar un cuarto del tiempo total que le toca vivir. Siguen unos aforismos en su honor…

1. Educar no es llenar, sino encender.
2. Educar es favorecer la adicción al gozo intelectual.
3. Aprender tiene tres fases: el estímulo, la conversación y la comprensión, y con cada una de ellas existe la oportunidad para un gozo intelectual.
4. El buen estímulo a favor del conocimiento está en las paradojas que surgen entre lo que vemos y lo que creemos, por tal cosa la realidad no se puede reemplazar por nada mejor a la hora de buscar estímulos. (¿Por qué no dedicar un día de la semana a salir del aula para visitar la realidad que es, por cierto, lo que tenemos más a mano?).
5. Conversar es escuchar antes de hablar: qué fácil, qué difícil.
6. Conversar no es esperar turno para continuar con lo que se estaba diciendo.
7. El gozo intelectual por conversación se produce cuando un punto de llegada no coincide del todo con el anterior punto de salida. (¿Qué tal una asignatura de conversación?).
8. Comprender es caer en la mínima expresión de lo máximo compartido.
9. El gozo intelectual por comprensión ocurre en el momento exacto en el que uno descubre que dos cosas diferentes tienen algo en común.
10. Enseñar a alguien es llevarlo, de la mano de la conversación, hasta el borde mismo de la comprensión.
11. Enseñar no consiste en inyectar comprensiones, sino en señalar caminos para tropezarse con ellas.
12. Los estímulos que se revuelcan en sí mismos y que no conducen a una conversación o a una comprensión no son el principio de educación alguna, sino el fin último de alguna clase de pornografía (el best seller de diseño, la llamadaautoayuda…).
13. La clase magistral en la que más de cien alumnos asisten a una exposición —que siempre pueden leer antes o después— es un timo educativo.
14. Se puede estimular y conversar, pero comprender, lo que se dice comprender, se comprende siempre en la más estricta soledad.
15. Diez personas pasean y conversan (método peripatético); 40 escuchan y quizá pregunten, pero ya no conversan; 100 son espectáculo, y 500, ceremonia.
16. Conocimiento sin crítica es más preocupante que crítica sin conocimiento.
17. El examen tradicional se parece a una confesión forzada en la que el alumno accede a simular que ha comprendido.
18. En los primeros 10 años de escuela quizá solo merezcan la pena dos cosas: ejercitar el lenguaje (leer y escribir en varios idiomas, matemática, música, dibujo…) y entrenar el hábito de la conversación y la crítica.
19. En la escuela, ni una sola idea blindada contra la duda, ni una sola.
20. Las creencias no se enseñan, se trasfunden.
21. Combinando solo cuatro conceptos (lo propio y lo ajeno, la alegría y la tristeza) se obtienen las pasiones humanas elementales: compasión: tristeza propia por la tristeza ajena; morbo: alegría propia por la tristeza ajena; alegría empática: alegría propia por la alegría ajena; autoestima: alegría propia por la alegría propia; autocompasión: tristeza propia por la tristeza propia…
22. La educación es un recurso cultural para matizar una pasión natural (prestigiar la compasión, desprestigiar la envidia…
23. Ni siquiera comer es una excusa para aplazar el conocer, por lo menos mientras la hipoglucemia no nos nuble la vista.
24. Existe una inversión en la que siempre se gana y cuyo beneficio siempre cabe en el equipaje de mano, no se puede perder, ni nadie puede robar: la educación

domingo, 19 de octubre de 2014

¿La ignorancia es la felicidad?


     Me gustaría reflexionar sobre esta cuestión que tanto se escucha a lo largo de nuestra vida. Mucha gente se respalda en esta afirmación para no  tratar de buscar la verdad de las cosas o aprender más sobre la vida o ellos mismos, quizás para pensar que su ignorancia está justificada y que por lo tanto no harán nada para cambiarla. Todos somos ignorantes, porque el primer error que podemos cometer es creer saberlo todo (ya lo decía el escritor estadounidense Amos Bronson Alcott: “la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”), pero eso no quita nuestra obligación y necesidad de buscar la verdad de las cosas.
¿Realmente vivir en una mentira nos ayudaría ser más felices? Alguien que no se plantea las cosas, que no duda de lo que le dicen y simplemente las acepta con sumisión, pasaría a ser un crédulo. Sí señores, el tonto es un crédulo.

      Introduzcámonos más en esta cuestión de la credulidad. Las personas tendemos a buscar algo en lo que creer, como en otras personas, en las cosas que nos dicen, en algo más allá de nosotros. Eso no es algo perjudicial hasta que vamos un paso más lejos. Y aquí llegamos a la cuestión, cuando uno cree en cualquier cosa que le dicen puede llegar a afectarle en su vida, y a afectar a los demás. Por ejemplo las sectas, un grupo de gente obtusa y guiada por un dogma falso que les lleva a hacer cosas que muchas veces derivan en matanzas y crímenes. En un crédulo, en un ignorante, que no es escrupuloso con sus creencias o ideas, es muy sencillo que se engendren ilusiones o engaños de la realidad que lo pongan en peligro a él y a toda la sociedad.

     Y ya no es sólo eso, sino que si una persona no se plantea los motivos de porqué actúa como lo hace, entonces viviría de forma infeliz. ¿O realmente alguien puede ser feliz sin entender porqué está triste o porqué se enfada? Muchos dirán que sí, que se puede ser feliz en la vida simplemente viviéndola. Pero eso es un engaño porque no se puede alcanzar una felicidad plena de esta forma, será feliz por momentos y disfrutará de buenas experiencias, pero también será infeliz sin saber ni siquiera el porqué. Sin comprenderse a sí mismo, y sin comprender por consiguiente a los demás.


    Ser feliz consiste en ser dueños de nosotros mismos y poder crecer libremente en nuestro interior, tal y como queremos ser. Cuando una persona no se entiende a sí misma, no sabe cuáles son sus necesidades y se encuentra perdida en su interior, no será completamente feliz. Y la solución a estos problemas es el simple hecho de pararnos a pensar y razonar, y descubrir poco a poco que hay al otro lado de la ignorancia que nos ciega, conocernos a nosotros mismos y conocer a los demás.

jueves, 16 de octubre de 2014

Manual contra el autoengaño

 Escépticos En El Pub.


Cita: viernes 24 de octubre
 21h en el Pub Kunsthalle (Rúa da Conga, 8)
 Santiago de Compostela.

Su autor nos introduce en el tema así:
 "Una de las tareas más enormes a las que se ha encomendado el ser humano es la de explicar y predecir el comportamiento humano. Todas las culturas han desarrollado creencias más o menos esotéricas para poder entender la motivación, el sufrimiento y el papel de las personas en el mundo, pero hasta la aparición del método científico no eran más que especulaciones más o menos cercanas a la realidad. 
    En los últimos dos siglos, la psicología científica y otras disciplinas afines han comenzado a aportar una valiosa información acerca del ser humano, tanto del funcionamiento de su sistema nervioso como de su interacción con el contexto y la manera en que se comporta en el medio social.
    Sin embargo, sigue vigente aquello de que lo que sabemos es una gota de agua y lo que ignoramos es el océano, que dijera Isaac Newton. 
     La falta de respuestas para la mayoría de los fenómenos que ocurren en el ser humano es un caldo de cultivo ideal para la aparición e incluso la persistencia de todo tipo de teorías y disciplinas sin ningún fundamento que intentan hacerse pasar por conocimiento riguroso.         
       Muchas de las explicaciones que ofrecen pasan a formar parte de la "psicología popular" de la gente, que acude a utilizar sus supuestos remedios cuando la ciencia psicológica o médica no tiene propuestas que sean altamente eficaces.

      A lo largo de esta charla conoceremos algunas de las llamadas psicologías no científicas, veremos por qué funcionan y cuáles son las razones que nos llevan a todos a ser susceptibles de caer en todo tipo de engaños, e incluso a las personas que mantenemos un pensamiento escéptico y estamos habituados a adoptar una actitud escéptica ante las explicaciones de los hechos que se nos presentan como verdades."

El  ponente Eparquio Delgado (Tenerife, 1979) es licenciado en Psicología por la Universidad de la Laguna y Master en Psicología Clínica y de la Salud.Ha trabajado como educador, psicólogo y coordinador de proyectos de intervención social y desde 2008 ejerce como psicólogo y director del Centro Psicológico Rayuela (La Orotava, Tenerife).En su papel como divulgador, ha colaborado en televisión y radio y ha dirigido el podcast de psicología y neurociencia Conexiones en Red durante dos temporadas.En 2013 recibió el Premio Mario Bohoslavsky que otorga la ARP-SACP a personas y organizaciones que se han distinguido por impulsar el desarrollo de la ciencia, el pensamiento crítico, la divulgación, la educación científica y el uso de la razón. Los libros de autoayuda, ¡vaya timo! es su primer libro. Actualmente vive en Tenerife.